¿Cuál ha sido el papel de la Iglesia en la construcción de nación?

Iglesia, ¿Cuál ha sido el papel integral  en la construcción de nación, de tejido social y en la reconciliación de los colombianos a través de toda la historia, y no solo en las últimas décadas? 

¿Por qué la memoria de Colombia está marcada por la realidad intergeneracional de la violencia más que en otros países del hemisferio, sabiendo que a la vez es el país de Latinoamérica donde la Iglesia ha tenido la mayor influencia histórica y cultural?

¿Es esto simple coincidencia? Para decirlo más escuetamente: ¿Por qué un país ‘tan católico’ ha sido un país ‘tan violento’? ¿Cuál es el trauma histórico que se esconde detrás de esta paradoja? ¿Cómo puede la Iglesia ayudar para deshacer este nudo que ata a Colombia aún a su pasado?

La respuesta a estas preguntas no es simple, pero debe estar hoy liberada de cargas ideológicas o pasionales a favor o en contra de la Iglesia, para darle una mirada más objetiva, y ojalá compasiva.

Memoria e identidad

La Iglesia hace parte de nuestra contradictoria memoria e identidad como sociedad. En este sentido, Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica, ha afirmado en repetidas ocasiones que ante la presencia histórica continua de la Iglesia en numerosos ámbitos nacionales, hablar de la Iglesia es hablar de nosotros mismos. 

Se trata de descifrar y elaborar el pasado como camino para que por la “purificación de la memoria”, se llegue al bien tan esquivo hoy que es la convivencia pacífica de sus ciudadanos.

Muchos miembros de la Iglesia han realizado esfuerzos por contribuir en los procesos de entrega de armas; apoyar a los desplazados; mediar en la liberación y acompañamiento de secuestrados; en fin, ofrecer ayuda ante los dramas de la guerra y de la pobreza en los barrios y territorios apartados del país donde muchas veces el Estado, las organizaciones sociales o los pregoneros de la paz ni siquiera se asoman.

Toda investigación seria reconoce también el aporte histórico de la Iglesia en áreas como la educación, la cultura, la salud, la vivienda, los sindicatos, las asociaciones y el apoyo a la población más vulnerable a través de numerosas obras y servicios. 
Son hechos incontestables de la contribución de la Iglesia al nation building en Colombia, más allá de si simpatizamos o no con esta institución.

No obstante este rol político y social tan visible, la historia de la Iglesia en Colombia ha tenido un doble filo. Baste recordar que su presencia fue en el pasado motivo de larga y cruenta división que ha afectado a la Nación y a la Iglesia misma. Fue un trauma histórico aún no verbalizado por un relato sanador de las razones del largo lastre de violencia que nos ha agobiado.

Colombia fue excepcionalmente desde mediados del siglo XIX laboratorio en suelo americano de heredados debates europeos sobre la separación de la Iglesia y el Estado. Las corrientes de liberalización de la política y las costumbres hicieron presencia en Colombia para dar nacimiento al Partido Liberal y en respuesta a ese desafío en contra de su omnipresente rol, la Iglesia impulsó el Partido Conservador, adalid por excelencia de la ‘conservación’ del ‘orden cristiano’ y de la no separación de la Iglesia y el Estado.

Las tendencias anticlericales más radicales del hemisferio se materializaron con la Constitución de 1863 y el régimen de los ‘liberales radicales’.

De igual modo, este fue el único país de América Latina donde una contrarrevolución católica tuvo éxito, que se materializó en la Regeneración, un régimen político híbrido entre catolicismo y democracia, con la Constitución de 1886. Ese conflicto político tuvo expresiones guerreras y violencias excepcionales con respecto a naciones hermanas. Violencias azuzadas no solo por la Iglesia, directa o indirectamente a través del Partido Conservador, sino también por las élites ideológicas, menos visibles, pero no menos actuantes, que inspiraban el Partido Liberal.

La guerra justa

El tabú del homicidio fue roto por la justificación de la “legítima defensa” de la fe y de la “guerra justa”, factores que convirtieron el asesinato y la violencia en “actos reflejos” para la solución de los diferendos. La violencia circuló como atavismo intergeneracional de tatarabuelos a bisabuelos y de estos a abuelos y padres, sobre todo en el mundo rural, en el que los partidos eran encarnación de ‘odios heredados’.
Ese persistente enfrentamiento de la sociedad retardó la construcción del Estado colombiano, dejándolo como un ‘padre ausente’, e hizo de la Iglesia una ‘madre omnipresente’ en defensa de su rol. Esto provocó a su vez una esquizofrenia entre pertenencia partisana y pertenencia religiosa, sobre todo de los liberales y sus descendientes, hijos-rechazados, enemigos de su ‘madre’ Iglesia.

Por eso fueron llamadas guerras fratricidas, ya que esos partidarios-combatientes opuestos eran al mismo tiempo ‘hermanos’, católicos fieles, ‘hijos’ todos de esa ‘madre’ que los unía y a su vez era el motivo de su división. Ya lo decía Aureliano Buendía: “La única diferencia… entre liberales y conservadores es que los liberales van a misa de cinco y los conservadores van a misa de ocho”.

Valga recordar que en la reunión del papa Francisco con Santos y Uribe en el Vaticano hubo un hecho no tan anecdótico: Uribe le mostró al Papa, que trataba de mediar por la reconciliación de Colombia, un rosario que perteneció a su abuelo quien vivió la violencia de los años 50, en la que la Iglesia, hoy actor de paz, era actor y motivo central de la confrontación que venía de un siglo atrás. 

Uribe expresó al Papa que su abuelo se alejó de la Iglesia por haber alimentado esa violencia de partidos, y que por ello no volvió a misa, pero que rezó con ese rosario todos los días hasta su muerte. Esa ‘reliquia’ en el bolsillo de Uribe, así como los enconados recuerdos de juventud de ‘Tirofijo’ sobre las violencias padecidas por su familia en el Tolima, son ejemplos de la memoria rota de miles de familias colombianas que por generaciones nunca pudieron ser incluidos en la gran ‘colcha de retazos’ que elaborara un relato nacional de esos dramas, de sus millones de muertos y desaparecidos de ambos bandos en ese siglo.

Muchos de esos fallecidos nunca tuvieron el ceremonial de duelo por parte de la Iglesia, pues ella era al mismo tiempo actor y la razón de morir o de matar. Sorprende la ausencia en Colombia de un gran monumento y un ritual nacional oficial en memoria de esos muertos de todo un siglo, y conmueve constatar que en el relato de muchos ciudadanos de hoy, nuestros antepasados entre 1850 y 1960 “se mataban por un simple trapo rojo o azul”.

Esta ausencia de verbalización y simbolización de nuestra ‘tragedia nacional’, hizo que los colombianos, portadores inconscientes de una inmensa culpa, terminaran por autoestigmatizarse diciendo: “los colombianos somos genéticamente violentos”, “llevamos la violencia en la sangre”, “este país no ha conocido un solo día de paz en su historia”.

Afirmaciones recurrentes que dan cuenta de un trauma que aún no se logra descifrar. Ha corrido mucha tinta y demasiada sangre, y reinan sin embargo aún los lugares comunes sobre el tema. La violencia real o simbolizada terminó convirtiéndose paradójicamente en el perverso relato fundacional que más convoca a los colombianos.

Resiliencia y construcción

La religión católica gravita a la vez como factor de cohesión de la Nación y como motivo de su división. Esa reelaboración de las memorias no se encaró con el pacto de fin de hostilidades de los dos partidos llamado Frente Nacional de 1958. Y al no haberse hecho, a partir de los años 60 las nuevas violencias terminaron por enraizar casi mitológicamente su razón de ser en aquella otra violencia intergeneracional no resuelta en la memoria.

La violencia de ayer y de hoy se instauró en la memoria nacional como un todo ininterrumpido fundante, como trama ‘necesaria’ e interminable de la historia colombiana. El rosario del abuelo de Uribe ante el papa Francisco podría ser el guiño inconsciente de la Nación a la Iglesia que le señala el horizonte hacia donde ella podría dar ese “primer paso”: la sanación de nuestro pasado con una purificación de la memoria.

Para el papa Francisco y para la Iglesia es ciertamente más fácil hablar de la paz y de las víctimas de hoy que asumir este “proceso de paz” con el pasado. Por eso es “justo y necesario” invitar a la Iglesia, protagonista de esa historia, a dar el paso de reelaborar su propio relato con franqueza y tranquilidad.

Un relato que ayude a Colombia a elaborar el por qué del drama de aquellos ‘cien años de soledad’. El gran “primer paso” en este sentido ya lo dio Juan Pablo II, cuando en histórico gesto en el año 2000 pidió perdón por “las culpas de los hijos de la Iglesia a través de la historia”, gesto unilateral, que no esperó que los herederos de los violentos totalitarismos e ideologías del siglo XX, o los países que fueron imperios coloniales, hicieran lo propio. 

La Iglesia en Colombia puede dar este “primer paso” unilateral, que seguramente le otorgará autoridad moral y motivaría a otras instancias sociales a hacerlo, para que así se libere esa gran culpa en nuestra memoria que empaña la imagen de la ‘otra historia’ colombiana, la de los logros, la resiliencia y construcción de Nación, en los que la Iglesia también ha tenido su rol, y cuyos momentos igualmente deberán ser relatados.

Ese sería el primer paso que proponemos dar como Nación luego del regreso de Francisco a Roma, darlo con la Iglesia. Si habla la Iglesia, habla Colombia.

Leonardo Ramírez A.*
* Leonardo Ramírez A. es filósofo de la Universidad Boston College y máster en ciencia política de la U. París-Sorbonne.Candidato Ph. D. en sociología política en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

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