Cristo: El Gran Desconocido…

Despues de leer el árticulo que sigue a este comentario, me viene a la memoria un hecho histórico protagonizado por el Emperador Napoleón y un general. Ambos, acompañados de su plana mayor en los Campos Eliseos, se encontraban presidiendo el desfile de la victoria. El general le dijo a Napoleón: "Emperador , ¿qué sucedería si todos estos soldados armados, que le están rindiendo honores, se volviesen locos y dirigiesen sus armas contra esta tribuna, matándonos a todos?" Contestó Napoleon: "Eso no sucederá porque ahora es cuando están locos. El problema sería que se volviesen cuerdos".

Y es que la locura y el esnobismo en el que estamos inmersos en la sociedad actual, da lugar a que existan quienes busquen causar el mayor escándalo posible, haciendo el “más dificil todavía” en el cotidiano transcurrir del tiempo. Cualquier asunto (religioso, político, moral, de derechos humanos, libertades inherentes a las personas, etc) tiene que ser llevado a la página de lo escandoloso, para que no se aburra el personal.

No es menos cierto que los que proclamamos nuestra fe cristiana no estamos de acuerdo con tanto disparate disfrazado de modernismo o libertad/libertinaje: Aborto, relaciones sexuales prácticamente en la infancia/adolescencia, la eutanasía y correlativas de la degradación de la persona.

Pero también es cierto que muchas veces sólo sabemos hablar y no hacer nada. Pongamos un ejemplo: Un buen y santo sacerdote, en mangas de camisa y con una minúscula cruz en la solapa, al preguntarle: "¿Es usted sacerdote?", responde: "¿Cómo lo sabe usted?". Se le contesta: "Por la cruz que lleva en la solapa""¡Ah por la chivata!", responde nuevamente el clérigo.

Esto pudiese parecer anecdótico, pero cada una de las anécdotas que protagonizan los responsables de poner las cosas en su sitio sin hacerlo (a veces sin intención) contribuyen a la liturgia de la confusión ante los atónitos ojos de los cristianos. Y es aquí donde  me pregunto: "¿Es que somos algo cobardes?" Y pienso: Se empieza por quitarse el traje talar para que, debido a los tiempos que corren, no se metan con nosotros y nos insulten (con lo cual se deja de de dar testimonio de Cristo y del ministerio que poseen, pretendiendo que sean los demás los que lo hagan).  “La chivata” (sin pretender ofender al Señor, sino para que se sonroje de vergüenza quien lo ha dicho y se de cuenta de lo horrible que suena) no interesa porque no anda con los tiempos. Además, nuestros parroquianos se asustan de tanta sangre y sufrimiento. En determinadas Iglesias se celebra la Santa Misa sin su presencia (La de la Santa Cruz) sobre el altar (cuando es Cristo, único y verdadero sacerdote según el rito de Melquisedec, el que oficia esa Santa Misa, alegando que la cruz esta “allá al fondo” o “la tenemos en la pared que esta detrás”).

Otra historia: Una monja de clausura tiene que asistir a la consulta médica de un hospital y acude con su hábito de clausura (el antiguo hábito de las monjas) y allí en la consulta es increpada por una mujer, dicíendole que "sino le daba vergüenza, en los tiempos que estamos, llevar ese traje". Ella le respondió: "¿Por qué habría de darme vergüenza el ir vestida con pudor de mujer, viéndola prácticamente desnuda  a usted y no haberle dicho nada?".  Eso y no otra cosa es creer en Cristo; vivir en Cristo y enteder a Cristo. Simplemente con ese testimónio.


Hemos de estar siempre orientados hacia el Señor. Él nos indicará, por medio del viador, los caminos por lo que tenemos que andar y lo demás se nos dará por añadido.Tampoco es menos cierto que hay quienes leen los libros sagrados hasta saberlos de memoria. Y yo me pregunto: ¿Significa eso que conocemos a Cristo y la palabra de su Padre que el predicó? En mi opinión, una cosa es conocimiento y otra creencia. Por la primera algunos hombres de Dios pueden  decirle a los Cristianos que no acumulen riquezas, mientras ellos no tienen inconveniente en poseer dinero y propiedades legítimas al ser personas de procedencia rica y herederos de bienes materiales. Y es que la palabra de Dios hay que entenderla. La entiende quien renuncia a su opinión y acepta la palabra y la cumple, incluido el que legítimamente hereda y posee dinero desde la condición de hombre de Dios. No se puede ser hombre de Dios y hombre de los bienes materiales acumulados en exceso.

Solamente la labor evangelizadora se comprenderá y dará los frutos deseados, desde la perspectiva de que quien nos escucha. Cuando hablamos de la palabra de Dios, los oyentes  deben tener la convicción de que, el que la pronuncia,  cree firmente en ella. Por el contrario ¿Quién va a creer en lo que dice quien no cree? Los que creen con verdadera fe en la palabra de Dios ¡hay que ver como suena esta palabra cuando la pronuncian!. Pero, cuando sucede al contrario, lo que se dice “es Babel”: No hay quien lo entienda porque se está muy lejos de Dios y de su palabra.

Parece que es nuestro destino el que tengan que ser personas que se declaran no cristianos y la fría ciencia, la que nos diga que lo que tenemos delante de nosotros en nuestra religión es cierto, porque nosotros no lo cremos.

A partir de la fecha daremos testimonio, que no ostentación, acudiendo a todas partes con la cruz colgada al cuello. Entendemos que eso es “menos a hablar y más actuar”.

Por eso decimos y seguiremos diciendo: Cristo ese gran desconocido... Ya lo fue cuando predicaba y sus discipulos no lo entrendían, hasta el punto que tuvo que mandar en Pentecostés al Espiritu Santo para que comprendiera todo lo que habían visto y oido, y lo predicaran a los que no habían tenido esa suerte. Y, a día de hoy, parece que son muchos los que siguen sin entender (que no sin conocer) su Palabra.

ÁRTICULO AL QUE SE HACE REFERENCIA ANTERIORMENTE.

DE UNAMUNO A TIERNO GALVÁN HAN JUSTIFICADO LA PRESENCIA DE LA CRUZ

En defensa del crucifijo

Como a estas alturas ya saben el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha declarado que la presencia de los crucifijos en las aulas es "una violación de los derechos de los padres a educar a sus hijos según sus convicciones y de la libertad de religión de los alumnos".

La sentencia responde al recurso presentado por Soile Lautsi, una ciudadana italiana de origen finlandés, que en 2002 había pedido al instituto estatal italiano en el que estudiaban sus dos hijos que quitara los crucifijos de las clases. La corte europea de los derechos del hombre ha declarado la costumbre italiana de exponer un crucifijo en las aulas de las escuelas públicas como una violación de los derechos fundamentales. El Ejecutivo italiano ya ha anunciado que recurrirá la sentencia. Por todo ello no está de más recordar algunos de los argumentos sobre la presencia del crucifijo en las escuelas de personas poco o nada sospechosas de confesionalidad.

Lo dejó por escrito Miguel de Unamuno en los años treinta cuando se planteó por decreto lo mismo en plena República: "La presencia del Crucifijo en las escuelas no ofende a ningún sentimiento ni aún al de los racionalistas y ateos; y el quitarlo ofende al sentimiento popular hasta el de los que carecen de creencias confesionales. ¿Qué se va a poner donde estaba el tradicional Cristo agonizante? ¿Una hoz y un martillo? ¿Un compás y una escuadra? O ¿qué otro emblema confesional? Porque hay que decirlo claro y de ello tendremos que ocuparnos: la campaña es de origen confesional. Claro que de confesión anticatólica y anticristiana. Porque lo de la neutralidad es una engañifa".

En el año 2006 el Consejo de Estado italiano ya se pronunció sobre esta misma cuestión asegurando que su presencia en las aulas no era contraria a la laicidad y apelando además a su raíz y significado civil: "en Italia, el crucifijo es apto para expresar –en clave simbólica, desde luego, pero de modo adecuado– el origen religioso de los valores de tolerancia, respeto mutuo, estima por la persona y afirmación de sus derechos y su libertad, autonomía de la conciencia moral ante la autoridad, solidaridad humana, rechazo de toda discriminación; valores característicos de la civilización italiana".

Siempre que se habla de este asunto me acuerdo del impactante artículo que redactó la escritora italiana Natalia Ginzburg en el diario L´Unitá, órgano oficial del partido comunista italiano, en 1988: “El crucifijo no genera ninguna discriminación. No habla. Es la imagen de la revolución cristiana que ha difundido por el mundo la idea de igualdad entre los hombres, hasta entonces desconocida. La revolución cristiana ha cambiado el mundo. ¿Queremos tal vez negar que ha cambiado el mundo? Para los no católicos, el crucifijo puede ser simplemente la imagen de uno que ha sido vendido, traicionado, torturado y muerto en la cruz por amor de Dios y del prójimo. Quien es ateo cancela la idea de Dios, pero conserva la idea del prójimo. Cristo representa a todos porque nadie había dicho nunca que todos los hombres son iguales y todos hermanos”.

Sólo la obsesión laicista y el odio a todo lo que tenga que ver con lo trascendente pueden explicar esta fiebre para descolgar de la sociedad actual cualquier símbolo religioso que se precie. Buen momento para recordar las palabras del también agnóstico y socialista español, profesor Tierno Galván, quien respondía así a los que le criticaban por no quitar el crucifijo de su despacho de alcalde de Madrid en su toma de posesión: "Claro que no lo pienso quitar –aseguraba el viejo profesor- porque este crucifijo es el símbolo más universal del amor y la misericordia sin límites, que es mucho más aún que la mera tolerancia". Conste que ninguno de los argumentos empleados en este artículo para defender la presencia de los crucifijos en las escuelas proviene de personas e instituciones puramente católicas. Todo muy aconfesional y muy laico. Eso sí, políticamente incorrecto.

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INTENTADO CONOCER A CRISTO 

La sobresaliente eminencia del carácter de Jesús ha sido reconocida por hombres de todo tipo:

Kant da testimonio de su ideal perfección;

Hegel ve en Él la unión de lo humano y lo Divino;

Los escépticos más avanzados le rinden homenaje;

Spinoza habla de Él como el símbolo más verdadero de la sabiduría celestial;

La belleza y grandeza de su vida intimidan a Voltaire;

Napoleón I, en Santa Helena, estaba convencido de que "entre él [Jesús] y cualquiera en todo el mundo no había ningún posible término de comparación" (Montholon, "Récit de la Captivité de l'Empereur Napoléon).

Rousseau testifica: "Si la vida y muerte de Sócrates son las de un sabio, la vida y muerte de Jesús son las de un dios."

Strauss reconoce: "Él es el objeto más alto que posiblemente podemos imaginar con respecto a la religión, el ser sin cuya presencia en la mente, la perfecta piedad es imposible."

Para Renan "El Cristo de los Evangelios es el más precioso de los modos de la más preciosa encarnación de Dios. su belleza es eterna; su reino nunca acabará."

John Stuart Mill habló de Jesús como "un hombre encargado por Dios con la especial, urgente y única tarea de llevar a la humanidad a la verdad y a la virtud."

Los testimonios anteriores no tienen gran importancia para el estudio teológico de la vida de Jesús; pero al menos muestran la impresión tenida por diferentes tipos de hombres sobre la historia de Cristo. En lo siguiente párrafos consideraremos el carácter de Jesús, en primer lugar manifestado en su relación con los hombres, después en su relación con Dios.

I. Jesús en relación con los hombres
A. A la luz de la razón
B. A la luz de Fe

II. Jesús en relación a Dios
A. La santidad de Jesús
B. La divinidad de Jesús

I. Jesús en relación con los hombres 

En su relación con los hombres Jesús manifestó ciertas cualidades que fueron percibidas por todos, estando sujetas a la luz de razón; pero otras estuvieron reservadas para aquéllos que lo ven a la luz de fe. Las dos merecen un breve estudio.

A. A la luz de la razón 

No hay ninguna tradición fidedigna acerca de la apariencia corporal de Jesús, pero esto no se necesita para obtener una imagen de su carácter. Es verdad que a primera vista la conducta de Jesús es tan polifacética que su carácter parece eludir toda descripción. Dominio y simpatía, poder y encanto, autoridad y afecto, alegría y gravedad, son algunas de las cualidades que hacen imposible el análisis. La composición de los Evangelios no facilita el trabajo. Al principio nos aparecen como un bosque desconcertante de declaraciones dogmáticas y principios morales; no hay sistema ni método, todo es el ocasional, todo fragmentario. Los Evangelios no son un manual de dogma ni un tratado de casuística, aunque ellos son fuente de ambos. No sorprenden las diferentes conclusiones a la que han llegado diversos investigadores en el estudio de Jesús. Algunos lo llaman fanático, otros hacen de El un socialista, otros también un anarquista, mientras muchos le llaman soñador, místico, esenio. Pero en esta variedad de vistas hay dos conceptos principales bajo los que pueden resumirse los demás: Algunos consideran a Jesús un asceta, otros un esteta; algunos ponen énfasis en su sufrimiento, otros en su alegría; algunos lo identifican con el clericalismo, otros con el humanismo; algunos reconocen en Él la figura profética del Antiguo Testamento y el monacal del Nuevo, otros ven en Él sólo alegría y poesía. Puede haber fundamento para todos los puntos de vista; pero no agotan el carácter de Jesús. Todos son elementos que realmente existieron en Jesús, pero ante todo no fueron entendidos; son solamente disfrutados o sufridos de pasada, mientras que Jesús se esforzó por lograr un fin totalmente diferente de la alegría o la pena.

1. La fuerza 

Considerando la vida de Jesús a la luz de razón, su fuerza, su equilibrio y su gracia son sus cualidades más características. Su fuerza se muestra en su modo de vida, su decisión, su autoridad. En su ruda vida, nómada, sin casa ni hogar, no hay lugar para la debilidad o el sentimentalismo. La indecisión es rechazada por Jesús en diferentes ocasiones: "Ningún hombre puede servir a dos señores"; "Él que no está conmigo, está contra mí"; "Buscad primero el reino de Dios", éstas son algunas de las declaraciones que expresan la actitud de Cristo sobre la indecisión. De si mismo dijo: "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado"; "yo no busco mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado." La autoridad del Maestro no permite cuestionar su poder; llama a los hombres en sus barcos, en sus oficinas de impuestos, en sus casas, "Sígueme", y ellos miran su rostro y obedecen. San Mt testifica: "La multitud... glorificaba a Dios que ha dado tanto poder al hombre"; San Marcos agrega: "el Reino de Dios viene con poder"; San Lc dice: "Le ha sido dado poder sobre toda carne"; leemos en el Libro de los Hechos: "Dios lo ungió... con poder"; San Pedro también se impresiona con "el poder de nuestro Señor Jesús." En sus enseñanzas Jesús no arguye o demuestra o amenaza, como los fariseos, pero habla como el que tiene autoridad. En ningún momento es Jesús meramente un triste asceta o un camarada alegre, lo encontramos como un líder de hombres cuyos principios se construyen sobre la roca.

2. Equilibrio 

Puede decirse que la fuerza del carácter de Cristo da lugar a otra cualidad que podemos denominar equilibrio. La razón es como las velas del barco, la voluntad es su timón, y los sentimientos son las olas lanzadas sobre ambos lados de la nave cuando atraviesa las aguas. La voluntad de Jesús es suficiente para guardar un equilibrio perfecto entre sus sentimientos y su razón; su cuerpo es el instrumento perfecto para el desarrollo de su deber; sus emociones están totalmente subordinadas a la voluntad de su Padre; la llamada a obedecer sus deberes superiores le previenen de una austeridad excesiva. Hay por tanto un balance perfecto o equilibrio en Jesús entre la vida de su cuerpo, de su mente y de sus emociones. Su carácter es tan pulido que, a primera vista, no hay nada que pueda caracterizarlo. Este equilibrio en el carácter de Jesús produce una simplicidad que impregna cada una de sus acciones. Como las antiguas calzadas romanas siguen derechas adelante, a pesar de las montañas y valles, ascensiones y declives, así la vida de Jesús fluye calladamente de acuerdo con la llamada de su deber, a pesar del placer o el dolor, el honor o la ignominia. Otro rasgo en Jesús, que puede ser considerado como emanado del equilibrio de su carácter, es su paz inalterable, una paz que puede perturbarse pero no puede ser destruida ni por sus sentimientos interiores ni por tropiezos externos. Y estas cualidades personales de Jesús se reflejan en sus enseñanzas. Establece un equilibrio entre la honradez del Antiguo Testamento y la justicia del Nuevo, entre el amor y vida del primero y los del posterior. Rompe de hecho con el convencionalismo farisaico y su externalismo, y con sus degeneradas consecuencias; insiste en la ley de amor, pero enseña que ella abarca la Ley entera y los Profetas; promete la vida, pero no consiste tanto en nuestra posesión como en nuestra capacidad de usar nuestra posesión. Ni puede deducirse que el equilibrio de la enseñanza de Cristo se destruya por sus tres paradojas de confianza, de servicio y de idealismo. La ley de autosacrificio nos inculca que encontraremos la vida perdiéndola; pero la ley de los organismos biológicos, de los tejidos fisiológicos, de los logros intelectuales y de los procesos económicos enseña que el propio sacrificio es la misma realización al fin. La segunda paradoja es la del servicio "... el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo." Pero en el mundo industrial y artístico, también, los hombres más grandes son aquéllos que han hecho mayor servicio. En tercer lugar, el idealismo de Jesús se expresa en palabras como: " La vida es más que la carne", y "No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios." Pero incluso nuestra edad realista debe conceder que la realidad de la ley son sus ideales, y de nuevo, que el mundo del idealismo es imposible para el débil, mientras el carácter fuerte crea el mundo por el que se esfuerza. El carácter de Jesús es por consiguiente la encarnación de fuerza y equilibrio. Verifica la definición dada por un escritor comprometido como Emerson "el Carácter es la centralidad, la imposibilidad de ser desplazado o removido... La medida natural de este poder es la resistencia a las circunstancias."

3. La Gracia 

Pero si no hubiera un tercer elemento esencial dentro del carácter de Jesús, no podría ser atractivo después de todo. Incluso los santos son a veces malos vecinos; pueden gustarnos, pero a veces nos gustan sólo a una cierta distancia. El carácter de Cristo lleva con él el rasgo de la gracia, anulando toda aspereza y falta de amabilidad. La gracia es la libre expresión del olvido de sí y del espíritu bondadoso. Es un bonito modo de hacer lo bueno, de la manera correcta, en el momento correcto, así abre todos los corazones a su poseedor. La simpatía es el canal más amplio a través del que fluye la gracia y la abundancia de su caudal testifica la reserva de gracia. Ahora Jesús simpatiza con todas las clases, con ricos y pobres, sabios e ignorantes, felices y tristes; Se mueve con la misma familiaridad entre todas las clases de sociedad. Para los justificados Fariseos sólo tiene las palabras: " Ay de vosotros, hipócritas"; enseña, "A menos que os volváis como niños, no entraréis en el reino de los cielos." Platón y Aristóteles son absolutamente diferentes a Jesús; ellos pueden hablar de virtud natural, pero nunca encontramos a los niños en sus brazos. Jesús trata a los publicanos como sus amigos; anima los más incipientes inicios de crecimiento moral. Escoge a comunes pescadores como piedra angular de su reino, y por su bondad los entrena para ser la luz del mundo y la sal de la tierra; Doblega a San Pedro cuyo carácter era un montón de arena en lugar de un sólido "cimiento", y lo convierte en la piedra en la que construir su Iglesia. Después de que dos de los Apóstoles hubieran caído, Jesús fue clemente con ambos, aunque salvó únicamente a uno, mientras el otro se destruyó a si mismo. Las mujeres necesitadas nos son excluidas de la general clemencia de Jesús; Recibe el homenaje de la mujer pecadora, consuela a las afligidas hermanas Marta y María, sana a la suegra San. Pedro y restaura la salud de numerosas otras mujeres de Galilea, tiene palabras de simpatía para las mujeres de Jerusalén que lamentan sus sufrimientos, estuvo sometido a su madre hasta que fue adulto, y cuando agonizaba en la Cruz le confió al cuidado de su discípulo amado. La gracia del Maestro también es evidente en el modo de su enseñanza: toma como contribución simples muestras de la naturaleza, la gallina con sus pollos, el mosquito en la taza, el camello en la calle estrecha, la higuera y su fruto, los pescadores que ordenan la captura. Enfrenta con el toque más ligero, a veces con el juego del humor y otras con el empuje de la ironía, las simples dudas de sus discípulos, las preguntas egoístas de sus oyentes, y las trampas más sutiles de sus enemigos. Lanza sus parábolas al mundo para que aquéllos que tienen oídos puedan oír. Hay tal prodigalidad en esta manifestación de la gracia de Cristo que sólo puede simbolizarse, pero no igualarse, por el desperdicio de semillas en el reino natural.

B. A la luz de Fe 

A la luz de fe la vida de Jesús es una serie ininterrumpida de actos de amor para con el hombre. Era amor lo que impelió al Hijo de Dios a asumir la naturaleza humana, aunque lo hizo con el consentimiento total de su Padre: "Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su único Hijo" (Jn 3, 16). Durante treinta años Jesús mostró su amor por una vida de pobreza, trabajo, y penalidades en el cumplimiento de los deberes de un común artesano. Cuando empezó su ministerio público, simplemente se entregó por el bien de su prójimo, "haciendo el bien, y sanando todos los oprimidos por el diablo" (Hch 10, 38). Mostró una compasión infinita por todas las enfermedades del cuerpo; usó su poder milagroso para sanar enfermos, librar a los poseídos, resucitar a los muertos. Las debilidades morales del hombre movían su corazón todavía más eficazmente; la mujer en el pozo de Jacob, Mt el publicano, María Magdalena la pecadora pública, Zaqueo el administrador injusto, sólo son unos casos de pecadores que recibieron ánimos de los labios de Jesús. Estaba lleno de perdón para todos; la parábola del Hijo Pródigo ilustra su amor por el pecador. En su labor de enseñar está tanto al servicio del proscrito más pobre de Galilea como de las celebridades teológicas de Jerusalén. Sus peores enemigos no son excluidos de las manifestaciones de su amor; incluso, mientras le están crucificando, ora por su perdón. Los Escribas y Fariseos son tratados severamente, sólo porque están en el camino de su amor. "Venid a mí, todos los cansados y agobiados, y yo os aliviaré" (Mt.11, 28) es el mensaje de su corazón a la pobre humanidad sufriente. Después de extender la regla," Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos" (Jn 15, 13), Él la supera muriendo por sus enemigos. Cumpliendo la inconsciente profecía del ateo sumo sacerdote, "os conviene que muera uno solo por el pueblo" (Jn 11, 50), asume libremente sus sufrimientos que podría evitar fácilmente libremente (Mt., 26, 53), sufre los más grandes insultos e ignominias, atraviesa los dolores corporales más severos, y vierte su sangre por los hombres "para la remisión de los pecados" (Mt. 26, 28). Pero el amor de Jesús no sólo abarcó el bienestar espiritual de hombres, también se extendió a su felicidad temporal: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todas estas cosas se os darán por añadidura" (Mt.6, 33).

II. Jesús en relación a Dios 

Prescindiendo de las discusiones teológicas que normalmente se tratan en la tesis "De Verbo Incarnato", nosotros vamos a considerar las relaciones de Jesús con Dios bajo los aspectos de su santidad y su Divinidad.

A. La santidad de Jesús 

Desde un punto de vista de negativo, la santidad de Jesús consiste en su inmaculada ausencia de pecado. Puede desafiar a sus enemigos preguntando, "¿Quién de vosotros puede probar que soy pecador?" (Jn 8, 46). Incluso los malos espíritus son obligados a reconocerle como el Santo de Dios (Mc, 1, 24; Lc 4, 34). Sus enemigos lo acusan de ser un samaritano y de tener un diablo (Jn 8, 48), de ser un pecador (Jn 9, 24), un blasfemo (Mt., 16, 65), un violador del Sábado (Jn 9, 16), un malhechor (Jn 18, 30), un alterador de la paz (Lc 13, 5), un impostor (Mt. 27, 63). Pero Pilato encuentra y declara a Jesús inocente, y, cuando presionado por los enemigos de Jesús para condenarlo, lavó sus manos, exclamó ante la multitud congregada, "soy inocente de la sangre de esto hombre justo" (Mt. 27, 24). Las autoridades judías admitieron prácticamente que no podían demostrar ningún delito contra Jesús; ellos sólo insisten," Nosotros tenemos una ley y según la ley él debe morir, porque se ha hecho Hijo de Dios" (Jn 19, 7). El cargo final instado contra Cristo por sus peores enemigos fue su afirmación de ser el Hijo de Dios.

El lado positivo de la santidad de Jesús esta bien confirmado por su celo constante en el servicio de Dios. A la edad de doce años pregunta a su madre, "¿no sabes que tengo que ocuparme de las cosas de mi Padre? Urge a sus oyentes a la verdadera adoración en espíritu y en verdad (Jn 4, 23) requerido por su Padre. Repetidamente declara su total dependencia de su Padre (Jn v, 20, 30 etc.); Es fiel a la voluntad de su Padre (Jn 8, 29); les dice a sus discípulos, "Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado" (Jn 4, 34). Ni siquiera los sacrificios más duros le impiden a Jesús obedecer la voluntad de su Padre: "Padre mío, si esta copa no puede pasar sin que yo la beba, hágase tu voluntad." (Mt.16, 42). Jesús honra a su Padre (Jn 2, 17) y proclama al final de su vida: "yo lo he glorificado en la tierra" (Jn 17, 4). Ora casi continuamente a su Padre (Mc 1, 35; 6, 46; etc.) y enseña sus Apóstoles el Padrenuestro (Mt.6, 9). Siempre bendice a su Padre por sus gracias (Mt.11, 25; etc.) y, en resumen, continuamente se comporta únicamente como el más amoroso hijo puede comportarse hacia su padre querido. Durante su Pasión uno de sus más intensos dolores fue su sentimiento de abandono por su Padre (Mc 15, 34) y al punto de morir entregó gozosamente su espíritu en las manos de su Padre (Lc, 13, 46).

B. La divinidad de Jesús 

La Divinidad de Jesús es demostrada por algunos escritores por una llamada de atención a la profecía y al milagro. Pero, aunque Jesús cumplió al pie de la letra las profecías del Antiguo Testamento, Él mismo parece apelar a ellas principalmente como prueba de su misión Divina; Muestra a los judíos que Él cumple en su persona y sus acciones todo lo que se había predicho del Mesías. Las profecías pronunciadas por el propio Jesús difieren de las predicciones del Antiguo Testamento en que Jesús no habla en nombre del Señor, como los videntes del antiguo, sino en su propio nombre. Si pudiera demostrarse estrictamente que eran hechas en virtud de su propio conocimiento del futuro, y su propio poder para disponer los hechos corrientes, las profecías demostrarían que su Divinidad; así solo demuestran al menos que Jesús es un mensajero de Dios, un amigo de Dios, inspirado por Dios. Éste no es el lugar para discutir la verdad histórica y filosófica de los milagros de Jesús.

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