Dios nos llama a valorar los dones que hemos recibido

La vida aveces para algunos hombres y mujeres no tiene importancia o sentido. Dios en cambio nos llama a valorar los dones que hemos recibido, sea en lo material, en capacidades u oportunidades para hacerlos fructificar. No quiere que seamos siervos inútiles o perezosos. En la imagen de una mujer ama de casa hacendosa o de un buen negociante de valores nos llama a prepararnos, son buenos frutos para rendir cuenta al Señor.


  • Primera lectura: Pr 31,10-13.19-20.30-31
  • Salmo: Sal 128(127),1-2.3.4-5 (R. 1a)
  • Segunda lectura: 1Ts 5,1-6
  • Evangelio: Mt 25,14-30 (forma larga) o Mt 25,14-15.19-21 (forma breve).

Contexto bíblico 
¿Qué dice la Sagrada Escritura?

La Liturgia elige, para los últimos domingos del año litúrgico, los temas de los “novísimos”, el final de la vida y de los tiempos. El domingo anterior se habló de la resurrección que nos espera con Cristo. Hoy se habla de lo que debemos hacer mientras llega el Señor “como llega un ladrón en la noche”

El apóstol (2ª lectura) dice que en la espera del Señor no podemos entregarnos al sueño, sino permanecer en vela y con la mente lúcida. El elogio de la mujer ejemplar en la 1ª lectura (Proverbios) destaca la laboriosidad, el aprovechamiento de los talentos, la generosidad, la productividad, cualidades con las que esa ejemplar mujer trae felicidad, merece confianza y finalmente recompensa.

El evangelio nos indica que mientras vuelve el Señor, quedamos “encargados de sus bienes”. Cada uno es diferente, pero cada uno ha recibido los talentos de acuerdo con sus capacidades. Es interesante que la palabra “talento” que se menciona originalmente en la parábola, término que designaba una medida de peso en plata, en el lenguaje corriente, por el texto de esta parábola, haya venido a significar don, capacidad, destreza particular.

El señor de la parábola reconoce a quienes han sabido hacer producir el ciento por ciento de lo que habían recibido. Pero fija su atención especial en aquel que fue perezoso, mal sirviente. El mismo señor reconoce que es muy exigente y no acepta que su plata no produzca réditos. La sanción para el perezoso es perder lo que había guardado inútilmente, mientras los buenos servidores se ven recompensados con creces: al que supo producir le darán más.
"Vengo presto, y conmigo mi recompensa, para dar a cada uno según sus obras. Yo soy el alfa y la omega, el primero y el último, el principio y el fin" (Ap 22,12-13).

¿Qué me dice la Sagrada Escritura?

Todos hemos recibido de Dios talentos, de los cuales el primero es la vida, con cada uno de sus años y sus días. Esta enseñanza nos lleva a despertar en cada persona la conciencia de su propio valor. El señor de la parábola confió en cada uno, sin excepción, y le confió, al menos, un talento.


Contexto situacional:
¿Qué me sugiere la Palabra que debo decir a la comunidad en su realidad concreta?

Más de una persona, en nuestra sociedad, se siente inútil y, lo que es peor, rechazada: “sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar.” (EG, 53)

Debemos suscitar en nosotros y en los demás, el sentido del valor de la vida. Cada uno ha sido, como en la parábola, mirado por el Señor y juzgado digno de confiarle una misión, de la cual se esperan rendimientos valiosos.

Conscientes de ello, tenemos que animarnos a una gestión creativa y productiva de nuestros talentos. El Papa Francisco nos ha dicho que es muy grave la tendencia a la acedia o al pesimismo. Jesús en la parábola elogia la astucia de la gestión financiera de los buenos servidores. Y al otro le dice: “Debías haber puesto mi plata en el banco, para que … me la devolvieras con la ganancia”.

“Nadie puede emprender una lucha si de antemano no confía plenamente en el triunfo. El que comienza sin confiar perdió de antemano la mitad de la batalla y entierra sus talentos. Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad»” (2 Co 12,9). (EG, 85)

El hombre, “con su acción no sólo transforma las cosas y la sociedad, sino que se perfecciona a sí mismo. Aprende mucho, cultiva sus facultades, se supera y se trasciende. Tal superación, rectamente entendida, es más importante que las riquezas exteriores que puedan acumularse. El hombre vale más por lo que es que por lo que tiene.” (GS, 34)

“Más los dones del Espíritu Santo son diversos: si a unos llama a dar testimonio manifiesto con el anhelo de la morada celestial y a mantenerlo vivo en la familia humana, a otros los llama para que se entreguen al servicio temporal de los hombres, y así preparen la materia del reino de los cielos. Pero a todos les libera, para que, con la abnegación propia y el empleo de todas las energías terrenas en pro de la vida, se proyecten hacia las realidades futuras, cuando la propia humanidad se convertirá en oblación acepta a Dios.” (GS, 38).


Contexto celebrativo:
¿Cómo el encuentro con Jesucristo me anima y me fortalece para la misión?

La participación en la liturgia de la Palabra nos da una oportunidad que no tuvieron los siervos de la parábola: un llamado en mitad del camino para que avivemos la conciencia de los tesoros que nos ha confiado el Señor y la responsabilidad que tenemos, no sólo por el temor de la rendición de cuentas ante el Señor exigente, sino por la alegría de sentirnos valiosos, útiles, importantes en la realización del Reino de Dios.

En la Eucaristía presentamos al Padre, unidos a Cristo, el hoy de nuestra vida como ofrenda agradable. Convertidos de la pereza, la desidia o el pesimismo inmovilizantes, nos alimentamos con el Pan de los débiles para fortalecernos en las nuevas etapas de nuestro camino hacia la rendición definitiva de cuentas en la Jerusalén celestial.

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