Los significados del amor en la Biblia

El amor en la Biblia, así como en nuestro uso diario, puede ser de una persona hacia otra persona o de una persona hacia objetos. Cuando el amor es por los objetos, significa disfrutar o gozar de esos objetos. El amor hacia las personas es más complejo. De la misma forma que con los objetos, el amar a la gente puede tan sólo significar disfrutar y deleitarse de la personalidad, apariencia, logros, etc. Pero en la Biblia existe otro aspecto del amor entre personas que es muy importante. Existe el aspecto del amor por personas que no son atractivas, virtuosas o productivas. En este caso, amor no es el placer por lo que representa la otra persona, sino un compromiso profundo que se siente por ayudar a la otra persona a ser lo que debe ser. Como veremos, el amor por los objetos y ambas dimensiones del amor entre las personas se encuentran ilustrados en abundancia en la Biblia.

Mientras que examinemos el Antiguo Testamento y el Nuevo Testamento nuestro enfoque será en el amor de Dios, luego en el amor del hombre por Dios, el amor del hombre por el hombre y finalmente en el amor del hombre por los objetos.

EL AMOR EN EL ANTIGUO TESTAMENTO

Jesús dijo que el gran mandamiento en el Antiguo Testamento era --"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente" (Mateo 22:36 y sgte.; Deuteronomio 6:5). El segundo mandamiento era "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22:39; Levítico 18:19). Luego dijo “de estos dos mandamientos dependen toda la ley y los Profetas” (Mateo 22:40). El significado de esto debe ser que si una persona entendía y obedecía estos dos mandamientos, entendería y cumpliría lo que todo el Antiguo Testamento estaba tratando de enseñar. El Antiguo Testamento, si se entiende como corresponde, básicamente apunta a transformar a los hombres y mujeres en personas que aman fervientemente a Dios y a su prójimo.

EL AMOR DE DIOS

Se puede decir lo que una persona ama por la forma apasionada con que se entrega a algo. Lo que una persona más valora se refleja en sus acciones y motivos. Es claro en el Antiguo Testamento que el valor más alto de Dios, su amor más grande, es su propio nombre. Desde el comienzo de la historia de Israel hasta el final de la época del Antiguo Testamento Dios se emocionaba por este gran amor. A través de Isaías dice que él creó a Israel “para su gloria” (Isaías 43:7); «Tú eres mi siervo, Israel,en quien yo mostraré mi gloria» (Isaías 49:3).

Por eso cuando Dios liberó al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y lo mantuvo en el desierto fue porque él actuó por consideración de su propio nombre. “Para que no fuera profanado ante los ojos de las naciones” (Ezequiel 20:9, 14, 22; Cf. Éxodo 14:4). Y cuando Dios expulsó a las otras naciones de la Tierra Prometida de Canaán, era “a fin de darte un nombre” (2 Samuel 7:23). Hacia los fines de la época del Antiguo Testamento, después de la captura de Israel en Babilonia, el plan de Dios es tener misericordia y salvar a su pueblo. Él dice “Por amor a mi nombre contengo mi ira, y para mi alabanza la reprimo contigo… Por amor mío, por amor mío, lo haré, porque ¿cómo podría ser profanado mi nombre? Mi gloria, pues, no la daré a otro” (Isaías 48:9, 11 Cf. Ezequiel 36:22, 23, 32). En estos textos se ve el gran amor de Dios por su propia honra y el compromiso profundo que tiene por preservar el honor de su nombre.

Esto no es maldad de Dios, por el contrario, su justicia depende de que él mantenga una total lealtad con el valor infinito de su gloria. Esto se puede observar en frases paralelas en Salmos 143:11 “Por amor a tu nombre, Señor, vivifícame; por tu justicia, saca mi alma de la angustia”. Dios dejaría de ser justo si él dejara de amar su propia gloria en la cual su gente deposita toda la esperanza.

Ya que Dios disfruta tanto de su gloria –la belleza de su perfección moral- se debe esperar que Él disfrute del reflejo de su honra en este mundo. Él ama la justicia y el derecho (Salmo 11:7; 33:5; 37:28; 45:7; 99:4; Isaías 61:8); él “desea la verdad en lo más íntimo” (Salmo 51:6); él ama el santuario donde se lo venera (Malaquías 2:11) y Sión, la “ciudad de Dios” (Salmos 87:2, 3).

Pero por sobre todas las cosas en el Antiguo Testamento, el amor de Dios por su propia gloria lo involucra en un eterno compromiso con el pueblo de Israel. La razón de esto es que un aspecto importante de la gloria de Dios es su libertad soberana de haber elegido bendecir a aquellos que no lo merecen. Ya que eligió libremente establecer un pacto con Israel, Dios se honra a sí mismo al mantener un compromiso de amor con su gente. La relación entre el amor de Dios y su elección del pueblo de Israel se ve en los siguientes textos.

Cuando Moisés quiso ver la gloria de Dios, Dios le respondió que él proclamaría su glorioso nombre delante de él. Un aspecto importante del nombre de Dios, su identidad fue dado en las palabras “tendré misericordia del que tendré misericordia, y tendré compasión de quien tendré compasión” (Éxodo 33:18, 19). En otras palabras, la libertad soberana de Dios de tener misericordia en quien Él quiera es parte integral con su esencia de ser Dios. Es importante entender esta auto-identificación porque es la base del pacto establecido con Israel en el Monte Sinaí. El amor de Dios por Israel no es una respuesta obediente y divina a un pacto; sino que el pacto es una expresión libre y soberana de la misericordia o amor divino. En Éxodo 34:6-7 vemos como Dios se identificó con más plenitud antes de volver a confirmar el pacto (Éxodo 34:6): “El Señor … proclamó: El Señor, el Señor, Dios compasivo y clemente, lento para la ira y abundante en misericordia y fidelidad; el que guarda misericordia a millares, el que perdona la iniquidad, la transgresión y el pecado…’”

Por eso el Pacto Mosaico y su anterior promesa a los patriarcas (Deuteronomio 4:37; 10:15), se arraigó en el amor libre y piadoso de Dios. Por lo tanto, es erróneo decir que la Ley Mosaica es más contraria a la gracia y verdad de lo que son los mandamientos del Nuevo Testamento. El Pacto Mosaico ordenaba un estilo de vida consistente con el pacto misericordioso que Dios había establecido, pero también brindaba perdón por los pecados y por lo tanto el hombre no estaba bajo una maldición por una sola falta. La relación que Dios estableció con Israel y su amor por ella era igual a aquel entre marido y mujer: “pasé junto a ti y te vi, y he aquí, tu tiempo era tiempo de amores; extendí mi manto sobre ti y cubrí tu desnudez. Te hice juramento y entré en pacto contigo’ —declara el Señor Dios— ‘y fuiste mía”.

Por esta misma razón más tarde a la idolatría de Israel se la llama a veces adulterio, porque va tras otros dioses (Ezequiel 23; 16:15; Óseas 3:1). Pero a pesar de la frecuente deslealtad de Israel hacia Dios, el manifiesta: “Con amor eterno te he amado, por eso te he atraído con misericordia” (Jeremías 31:3; Cf. Óseas 2:16-20; Isaías 54:8).

En otros tiempos, el amor de Dios por su gente es asemejado al de un padre por su hijo o al de una madre por sus hijos: “los haré andar junto a arroyos de aguas, por camino derecho en el cual no tropezarán; porque soy un padre para Israel, y Efraín es mi primogénito” (Jeremías 31:9, 20). “¿Puede una mujer olvidar a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Aunque ellas se olvidaran, yo no te olvidaré.” (Isaías 49:15; 66:13).

Sin embargo, el amor de Dios por Israel no excluyó el juicio severo de Israel cuando ésta cayó en la incredulidad. La destrucción del Reino del Norte por Asiria en el año 722 A.C. (2 Reyes 18:9, 10) y el cautiverio de los reinos del sur en Babilonia en los años siguientes al 586 A.C. (2 Reyes 25:8-11) muestran que Dios no toleraría la infidelidad de su pueblo. “Porque el Señor a quien ama reprende, como un padre al hijo en quien se deleita.” (Proverbios 3:12). De hecho el Antiguo Testamento cierra con muchas de las promesas de Dios aún sin cumplir. La pregunta de cómo el amor eterno de Dios por Israel se expresará en el futuro la retoma Pablo en el Nuevo Testamento. Ver especialmente Romanos 11.

La relación de Dios con Israel como nación no significaba que él no tenía ninguna relación con los individuos, ni su trato con la nación en su totalidad le prevenía hacer distinciones entre los individuos. Pablo enseñó en Romanos 9:6-13 y 11:2-10 que en, ya en el Antiguo Testamento “no todos los descendientes de Israel son Israel”. En otras palabras, las promesas de amor de Dios hacia Israel no aplicaban sin distinción a todos los israelitas individualmente. Esto nos ayudará a entender textos como los siguientes: “Abominación al Señor es el camino del impío, y Él ama al que sigue la justicia.” (Proverbios 15:9). “Los que amáis al Señor, aborreced el mal” (Salmos 97:10). “el Señor ama a los justos.” (Salmos 146:8). “No se deleita en la fuerza del caballo, ni se complace en las piernas ágiles del hombre. El Señor favorece a los que le temen, a los que esperan en su misericordia” (Salmos 147:10, 11; 103:13).

En estos textos el amor de Dios no se dirige igualmente para todos. En su efecto de salvación total, el amor de Dios sólo lo disfrutan aquellos que “esperan su misericordia”. Esto no significa que el amor de Dios deje de ser libre y sin mérito. Ya que, por un lado, la misma disposición de temor a Dios y obedientemente tener esperanza en Él es un regalo de Dios (Deuteronomio 29:4; Salmos 119:36). Por otro lado, la petición del santo que tiene esperanza en Dios no es por sus propios méritos sino por la fidelidad de Dios hacia el débil que no tiene fortaleza y sólo puede confiar en la misericordia (Salmo2 143:2, 8, 11). Por ende, al igual que en el Nuevo Testamento (Juan 14:21, 23; 16:27); el goce total del amor de Dios es condicionado sobre una actitud adecuada a recibirlo, esto es, una confianza humilde en la misericordia de Dios: “Encomienda al Señor tu camino, confía en Él, que Él actuará;” (Salmos 37:5).

EL AMOR DEL HOMBRE POR DIOS

Otra forma de describir la postura que una persona debe asumir para recibir la totalidad de la ayuda amorosa de Dios es que la persona debe amar a Dios. “El Señor guarda a todos los que le aman, pero a todos los impíos destruirá.” (Salmos 145:20). “Pero alégrense todos los que en ti se refugian; para siempre canten con júbilo, porque tú los proteges; regocíjense en ti los que aman tu nombre.” (Salmos 5:11; cf. Isaías 56:6, 7; Salmos 69:36).“Vuélvete a mí y tenme piedad, como acostumbras con los que aman tu nombre” (Salmos 119:132).

Estos textos son simplemente una manifestación exterior en la vida de las condiciones establecidas en el Pacto Mosaico (El pacto de Abraham también tenía condiciones, aunque la palabra amor no se menciona explícitamente: Génesis 18:19; 22:16-18; 26:5). Dios dijo a Moisés “Soy un Dios celoso y muestro misericordia a millares, a los que me aman y guardan mis mandamientos” (Éxodo 20:6; Deuteronomio 5:10; Nehemías 1:5; Daniel 9:4). Ya que amar a Dios era la primer condición y la que abarcaba a las demás de la promesa del pacto, se convirtió en el primer y más importante de los mandamientos en la ley: “Escucha, oh Israel, el Señor es nuestro Dios, el Señor uno es. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu fuerza” (Deuteronomio 6:5).

Esta clase de amor no es un servicio hacia Dios para ganar sus beneficios. Eso es inconcebible: “Porque el Señor vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible que no hace acepción de personas ni acepta soborno” (Deuteronomio 10:17). No es una obra que se realiza para Dios, sino una aceptación feliz y de admiración por su compromiso de obrar por aquellos que confían en él (Salmo 37:5; Isaías 64:4). Por eso el Pacto Mosaico comienza con una declaración que mantiene la gran promesa a Israel: “Yo soy el Señor tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto” (Éxodo 20:2). El mandamiento de amar a Dios significa que uno debe deleitarse en él y admirarlo por sobre todas las cosas y sentirse feliz con su compromiso de obrar con todo su poder por su pueblo. Por eso, a diferencia del amor de Dios por Israel, el amor de Israel por Dios fue una respuesta por lo que él había hecho y haría en su nombre (Cf... Deuteronomio 10:20-11:1). La respuesta del carácter del amor del hombre por Dios se ve muy bien en Josué 23:11 y en Salmos 116:1. En su expresión más clara se convirtió en la pasión que todo lo consume de la vida (Salmos 73:21-26).

EL AMOR DEL HOMBRE POR EL HOMBRE

Si una persona admira y adora a Dios y encuentra satisfacción refugiándose en su cuidado misericordioso, entonces su conducta hacia otros humanos reflejará el amor de Dios. El segundo gran mandamiento del Antiguo Testamento, como Jesús lo llamó (Mateo 22:39) surge de Levítico 19:18 “No te vengarás, ni guardarás rencor a los hijos de tu pueblo, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo; yo soy el Señor”. El significado del término ‘prójimo’ aquí se refiere probablemente a los ‘prójimos israelitas’. Pero en Levítico 19:34 Dios dice: “El extranjero que resida con vosotros os será como uno nacido entre vosotros, y lo amarás como a ti mismo, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto; yo soy el Señor vuestro Dios”.

Aquí podemos entender la motivación del amor si mencionamos un paralelo en Deuteronomio 10:18, 19 “El hace justicia al huérfano y a la viuda, y muestra su amor al extranjero dándole pan y vestido. Mostrad, pues, amor al extranjero, porque vosotros fuisteis extranjeros en la tierra de Egipto”. Es un paralelo similar a Levítico 19:34 porque ambos se refieren al extranjero de Israel en Egipto y ambos mandan el amor por el extranjero. Pero más importante, las palabras “Yo soy el Señor vuestro Dios” en Levítico 19:34 se reemplazan en Deuteronomio 10:12-22 con una descripción del amor, justicia y obras poderosas de Dios por Israel. Los israelíes deben mostrar el mismo amor a los extranjeros que Dios les ha mostrado a ellos. En forma similar, Levítico 19 comienza con el mandamiento: “Seréis santos porque yo, el Señor vuestro Dios, soy santo” Luego la frase “Yo soy el Señor” se repite quince veces a lo largo del capitulo 19, al final de cada mandamiento. Por lo tanto la intención del capitulo es dar los casos específicos de cómo ser santo de la misma forma en que Dios lo es. Dentro del contexto más amplio de Deuteronomio 10:12-22, esto significa que el amor de una persona por su prójimo surge del amor de Dios y por ende refleja su carácter.

Se debe hacer hincapié en que el amor que se demanda aquí esta relacionado con las obligaciones externas y con las actitudes internas. “No odiarás a tu compatriota en tu corazón” (Levítico 19:17). “No te vengarás (obligación) ni guardarás rencor (actitud)” (Levítico 19:18). Y amar a tu prójimo como a tí mismo no significa tener una imagen positiva o una autoestima alta; significa usar del mismo celo, ingenio y perseverancia para conseguir la felicidad de tu prójimo como lo haces con la tuya. Para otros textos sobre el amor por uno mismo ver Proverbios 19:8; 1 Samuel 18:1, 20:17.

Si el amor entre hombres debe reflejar el amor de Dios entonces deberá incluir el amor por sus enemigos, por lo menos hasta cierto nivel. Porque el amor de Dios por Israel era libre, sin mérito, tardo para la ira, perdonando muchos pecados que crearon enemistad entre él y su pueblo (Éxodo 34:6-7). Y su misericordia se extendió más allá de los limites de Israel (Génesis 12:2, 3; 18:18; Jonás 4:2). En consecuencia, encontramos instrucciones de amar al enemigo. “Si encuentras extraviado el buey de tu enemigo o su asno, ciertamente se lo devolverás. Si ves caído debajo de su carga el asno de uno que te aborrece, no se lo dejarás a él solo, ciertamente lo ayudarás a levantarlo” (Éxodo 23:4-5). “No te regocijes cuando caiga tu enemigo” (Proverbios 24:17). “Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer pan” (Proverbios 25:21). Ver también proverbios 24:29; 1 Reyes 3:10; Job 31:29, 30; 2Reyes 6:21-23.

Sin embargo, esta relación enemigo-amor debe calificarse de dos formas: Primero, en el Antiguo Testamento, la forma en que Dios obraba en el mundo tenia una dimensión política que hoy no se presenta. Su pueblo era una etnia y grupo político diferente y Dios era su legislador, su rey y su guerrero en una forma muy directa. Por eso, por ejemplo, cuando Dios decidió castigar a los Cananitas por su idolatría él usó a su pueblo para alejarlos (Deuteronomio 20:18). Este acto de Israel no puede llamarse amor por sus enemigos (Cf. Deuteronomio 7:1, 2; 25:17-19; Éxodo 34:12). Quizás, deberíamos pensar en tales eventos como en ocasiones especiales en la redencion de la historia en la cual Dios usa a su pueblo para ejecutar su venganza (Deuteronomio 32:35; Josué 23:10) sobre una nación malvada. Hoy, no deberían usarse tales ejemplos para justificar la venganza personal o guerras santas ya que hoy en día los propósitos de Dios en el mundo no se alcanzan a través de una etnia o grupo político a la par el Israel del Antiguo Testamento.

La segunda calificación de la relación enemigo-amor la requieren los salmos en la cual los salmistas declaran su odio por los hombres que desafían a Dios “¿No odio a los que te aborrecen, Señor? ¿Y no me repugnan los que se levantan contra ti? Los aborrezco con el más profundo odio; se han convertido en mis enemigos” (Salmos 139:19-22). El odio de los salmistas se basa en el despecho en contra de Dios y se concibe como un alineamiento virtuoso con el propio odio de Dios por los malvados (Salmos 5:4-6; 11:5; 31:6; Proverbios 3:32; 6:16; Óseas 9:15). Pero aunque parezca extraño, este odio no necesariamente resulta en venganza. Los salmistas lo dejan en manos de Dios y hasta tratan con amabilidad a los odiados. Esto se ve en Salmos 109:4, 5 y 35:1, 12-14.

Existen, quizás, dos formas de justificar este odio. Por un lado, a veces podría representar una fuerte aversión hacia la malevolencia que busca la destrucción de una persona. Por otro lado, donde existe un deseo de destrucción expreso, podría representar la certeza que Dios da de que la persona malvada está más allá del arrepentimiento, sin esperanza en la salvación y por ende bajo la sentencia justa de Dios que se expresa en los Salmos (comparar 1 Juan 5:16).

Más allá de las dimensiones más religiosas del amor, el Antiguo Testamento es rico en ilustraciones e instrucciones para el amor entre padre e hijo (Génesis 22:2; 37:3; Proverbios 13:24), madre e hijo (Génesis 25:28), marido y mujer (Jueces 14:16; Eclesiásticos 9:9; Génesis 24:67; 29:18, 30, 32; Proverbios 5:19), amantes (1 Samuel 18:20; 2 Samuel 13:1), esclavos y amos (Éxodo 21:5; Deuteronomio 15:16), el rey y sus súbditos (1 Samuel 18:22), un pueblo y su héroe (1 Samuel 18:28), amigos (1 Samuel 18:1; 20:17; 27:6), nuera y suegra (Ruth 4:15). Vale especialmente la pena mencionar el Cantar de los Cantares que expresa la felicidad total en la entrega sexual de amor entre marido y mujer.

EL AMOR DEL HOMBRE POR LAS COSAS

Hay pocos momentos en el Antiguo Testamento del amor simple y diario por las cosas: Isaac amaba cierta clase de carne (Génesis 27:4); Uzías amaba la tierra (2 Crónicas 26:10); muchos aman la vida (Salmos 34:12). Pero por lo general cuando el amor no se dirige a las personas se dirige hacia las virtudes o hacia los vicios. En general, esta clase de amor es simplemente un fruto inevitable del amor de uno por Dios o de la rebelión en contra de Dios.

Por el lado positivo, existe el amor por los mandamientos de Dios (Salmos 112:1; 119:35, 47), por su ley (Salmos 119:97), su voluntad (Salmos 40:8), su promesa (Salmos 119:140) y su salvación (Salmos 40:16). Los hombres deben amar el bien y aborrecer el mal (Amós 5:15), amar la verdad y la paz (Zacarías 8:19) y amar la misericordia (Miqueas 6:8) y la sabiduría (Proverbios 4:6). Por el lado negativo vemos gente que ama el mal (Miqueas 3:2) mentir y la falsa profecía (Salmos 4:2; 52:3, 4; Zacarías 8:17; Jeremías 5:31; 14:10), ídolos (Óseas 9:1, 10; Jeremías 2:25), la opresión (Oseas 12:7), maldecir (Salmos 109:17), la pereza (Proverbios 20:13), la insensatez (Proverbios 1:22), la violencia (Salmos 11:5) y el soborno (Isaías 1:23). En breve, muchas personas “aman más su vergüenza que su gloria” (Óseas 4:18), que es lo mismo que amar a la muerte (Proverbios 8:36). La suma de todo es que la satisfacción no se hallará poniendo los afectos en objetos sino en Dios (Cf. Eclesiastés 5:10; 12:13).

EL AMOR EN EL NUEVO TESTAMENTO

Lo que hace que el Nuevo Testamento sea nuevo es la aparición del Hijo de Dios en la escena de la historia de la humanidad. En Jesús, vemos como nunca antes la revelación de Dios. En sus palabras “El que me ha visto a mi ha visto al padre” (Juan 14:9; Cf. Colosenses 2:9; Hebreos 1:3). Porque en un sentido real, Jesús era Dios (Juan1:1; 20:28).

Sin embargo, la llegada de Jesús no solo trae la revelación de Dios. Con su muerte y resurrección Jesús también nos trae salvación (Romanos 5:6-11). Esta salvación significa el perdón de los pecados (Efesios 1:7), acceso a Dios (Efesios 2:18), la esperanza de vida eterna (Juan 3:16), un nuevo corazón inclinado a realizar buenas obras (Efesios 2:10; Titos 2:14).

Por eso, cuando tratamos con el amor, debemos esforzarnos por relacionar todo con la vida, muerte y resurrección de Jesús. En su vida y muerte vemos de otra forma como es el amor de Dios y lo que el amor del hombre por Dios y por otros debería ser. Y por medio de la fe, el Espíritu de Cristo, que reina en nosotros, nos permite seguir su ejemplo.

EL AMOR DE DIOS POR SU HIJO

En el Antiguo Testamento vimos que Dios ama su propia gloria y se deleita en mostrarla a través de la creación y redención. Una dimensión más profunda de este amor por si mismo se hace clara en el Nuevo Testamento. Es cierto que el objetivo de Dios en toda su obra es mostrar su gloria para que los hombres la disfruten y valoren (Efesios 1:6, 12, 14; Juan 17:4). Pero lo que aprendemos ahora es que Jesús “es el resplandor de su gloria, y la expresión exacta de su naturaleza” (Hebreos 1:3). Porque “toda la plenitud de la Deidad reside corporalmente en El” (Colosenses 2:9). En resumen, Cristo es Dios y tiene existencia eterna un una unión misteriosa con su Padre (Juan 1:1). Por ende, el amor a si mismo de Dios o su amor por su propia gloria ahora se puede ver como amor “por la gloria de Cristo quien es la imagen de Dios” (2 Corintios 4:4; cf. Filipenses 2:6). El amor que Dios, el Padre, tiene por su Hijo se observa frecuentemente en el Evangelio según Juan (3:35; 5:20; 10:17; 15:9, 10; 17:23-26) y ocasionalmente en otros versos (Mateo 3:17; 12:18; 17:5; Efesios 1:6; Colosenses 1:13).

Este amor dentro de la misma Trinidad es importante para los cristianos por dos razones. Primero, la belleza valiosa de la encarnación y muerte de Jesús no se pueden entender si este falta. Segundo, es el mismo amor del Padre por su Hijo que el Padre vierte en los corazones de los creyentes (Juan 17:26). La esperanza absoluta de los Cristianos es ver la gloria de Dios en Cristo (Juan 17:5), estar con él (Juan 14:24) y gozar de Él tanto como lo hace su Padre (Juan 17:26).

EL AMOR DE DIOS POR LOS HOMBRES

Pablo dice en Romanos 8:35 “¿Quién nos separará del amor de Cristo?” En el verso 39 dice “Ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús, Señor nuestro”. Este cambio de “Cristo” a “Dios, que es en Cristo” muestra que bajo el título “El amor de Dios por los hombres” debemos incluir el amor de Cristo por los hombres, ya que su amor es una extensión del amor de Dios.

Lo más básico que puede decirse sobre el amor en relación con Dios es que “Dios es amor” (1 Juan 4:8,16; Cf. 2 Corintios 13:11). Esto no significa que Dios es un nombre fuera de moda para el ideal del amor. Más bien sugiere que una de las mejores palabras para describir el carácter de Dios es amor. La naturaleza de Dios es tal que en su totalidad no necesita más (Actos 17:25) sino que abunda en bondad. Su naturaleza amar.

Debido a este amor divino, Dios envió a su único Hijo al mundo para que Cristo muriera por nuestros pecados (1 Corintios 15:3; 1 Pedro 2:24; 3:18), para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna (Juan 3:16; 2 Tesalonicenses 2:16; 1 Juan 3:1; Tito 3:4). “ En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que El nos amó a nosotros y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 4:10). Por cierto, es de la ira de Dios que los creyentes están a salvo por medio de la fe en la muerte y resurrección de Cristo (Romanos 5:9). Pero no debemos imaginar que Cristo es amor y Dios ira. “Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8). Es el propio amor de Dios que encuentra el camino para salvarnos de su propia ira (Efesios 2:3-5).

Tampoco debemos pensar en el Padre forzando al Hijo a morir por el hombre. El mensaje que se repite a lo largo del Nuevo Testamento es que “Cristo nos amó y se dio a sí mismo por nosotros” (Gálatas 2:2; Efesios 5:2: 1 Juan 3:16). “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin” (Juan 13:1; 15:9, 12, 13). Y el amor del Cristo resucitado guía (2 Corintios 5:14), sostiene (Romanos 8:35) y reprende (Apocalipsis 3:19) a todos los que ama.

Otro error conceptual que se debe evitar es que uno se merece o gana el amor de Dios y de Cristo. Jesús fue acusado de ser amigo de los publicanos y pecadores (Mateo 11:9; Lucas 7:34). Su respuesta fue “Los que están sanos no tienen necesidad de médico” (Marcos 2:17). En otra ocasión cuando Jesús fue acusado de comer con los publicanos y los pecadores (Lucas 15:1, 2) él contó tres parábolas sobre cómo se alegra el corazón de Dios cuando un pecador se arrepiente (Lucas 5:3-32). De esta forma Jesús mostró que el objetivo de su amor de salvación es abrazar no sólo a quienes piensan ser justos (Lucas 18:9) sino más bien a quienes son pobres de espíritu (Mateo 5:13) como al recaudador de impuestos que dijo “Dios, se propicio a mi, pecador” (Lucas 18:13). El amor de Jesús no podía ganarse, sólo podía ser aceptado libremente y gozado. A diferencia del legalismo de los fariseos, era una “carga ligera” y un “yugo fácil” (Mateo 11:30).

La razón por la que Jesús mostró amor por aquellos que no podían merecer su favor fue porque Él era como su Padre. Él enseñaba que Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos y llover sobre justos e injustos” (Mateo 5:45), “El es bondadoso para con los ingratos y perversos” (Lucas 6:35). Pablo también enfatiza que él amor divino es único porque busca salvar también a los enemigos. Lo describe de la siguiente forma: “mientras aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos. Porque a duras penas habrá alguien que muera por un justo, aunque tal vez alguno se atreva a morir por el bueno. Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:6-8).

Si bien es cierto que en un sentido Dios ama al mundo entero que el sustenta (Hechos 14:17; 17:25; Mateo 5:45) y que ha establecido una vía de salvación para cualquiera que crea; sin embargo, él no ama a todos los hombres de la misma manera. Él ha elegido antes de la fundación del mundo a sus hijos (Efesios 1:5) y los predestinó para la gloria (Romanos 8:29-30; 9-11, 23; 11:7, 28; 1 Pedro 1:2). Dios ha puesto su amor en estos elegidos de una forma única (Colosenses 3:12, Romanos 11:28; 1:7; 1 Tesalonicenses 1:4; Judas 1) para que su salvación sea segura. A estos los lleva a Cristo (Juan 6:44, 65) y les da vida (Efesios 2:4, 5); a los otros los deja en la dureza de sus corazones pecadores (Romanos 11:7; Mateo 11:25, 26; Marcos 4:11, 12).

Existe un misterio en el amor de elección de Dios. No hay revelación del por qué elige a unos y a otros no. Sólo sabemos que no se debe a ningún merito o distinción humana (Romanos 9:10-13). Por lo tanto, toda jactancia queda excluída (Romanos 3:27; 11:18, 20, 25; Efesios 2:8; Filipenses 2:12, 13), es un don de Dios desde el comienzo hasta el final (Juan 6:65). No nos merecíamos nada ya que todos éramos pecadores y todo lo que tenemos es gracias a la misericordia de Dios (Romanos 9:16).

La forma en que uno se encuentra dentro del amor de salvación de Dios es por fe en la promesa de que “todo aquel que invoque el nombre del Señor, será salvo” (Romanos 10:13). Judas (1:21) dice “conservaos, en el amor de Dios” y en Romanos 11:22 “permanece en la bondad de Dios”. Se hace claro que esto significa seguir confiando en Dios “Permaneces sólo a través de la fe” Romanos 11:20-22). Por ende, uno nunca puede ganarse el amor de salvación de Dios; uno permanece en él sólo confiando en las promesas de amor de Dios. Esto es verdadero aún cuando Jesús dice que la razón por la cual Dios ama a sus discípulos es porque ellos mantienen su palabra (Juan 14:23) porque la esencia de la palabra de Jesús es un llamado a vivir en fe (Juan 16:27; 20:31).

EL AMOR DEL HOMBRE POR DIOS Y CRISTO

Jesús resume todo el Antiguo Testamento en los mandamientos de amar a Dios con todo el corazón y alma y mente, y de amar al prójimo como a uno mismo (Mateo 22:37-40). En los tiempos de Jesús, el no amar a Dios de esta manera era una característica de muchos líderes religiosos (Lucas 11:42). Jesús dijo que esta era la razón por la cual no lo amaban y no lo aceptaban a el (Juan 5:42; 8:42). Él y el Padre son uno (Juan 10:30) por lo tanto amar a uno con todo el corazón incluye amar al otro también.

Ya que el “mandamiento más importante” es amar a Dios, no nos sorprenden los grandes beneficios que se prometen a quienes así lo hacen. “A los que aman a Dios, toda las cosas cooperan para bien” (Romanos 8:28). “Cosas que ojo no vio ni oído oyó … son las cosas que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Corintios 2:9; Cf. Efesios 6:24). “Pero si alguno ama a Dios, ése es conocido por Él” (1 Corintios 8:3). “... Recibirá la corona de la vida que el Señor ha prometido a los que le aman” (Santiago 1:12; 3:5; Cf. 2 Timoteo 4:8). Pero por otro lado existen serias advertencias para aquellos que no aman a Dios (2 Timoteo 2:14; 1 Juan 2:15-17) y a Cristo (1 Corintios 16:22; Mateo 10:37-39).

Entonces la pregunta que surge es: si los mismos beneficios dependen del amor por Dios y Cristo, los cuales a su vez dependen de la fe, ¿cuál es la relación entre amor por Dios y confianza en él? Debemos recordar que el amor por Dios, a diferencia del amor por un prójimo en necesidad no es un deseo de llenar una falta de su parte con nuestros servicios (Hechos 17:5). Más bien, el amor por Dios es una adoración profunda por la belleza moral y su totalidad y suficiencia completa.

Es deleitarse en él, el deseo de conocerlo y de estar con él. Pero para gozar en Dios, uno debe tener alguna certeza de que él es bueno, y cierta confianza en que nuestro futuro con él es un futuro de felicidad. Esto significa que uno debe poseer la fe que se describe en Hebreos 11:1 “Ahora bien, la fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Por tanto, la fe precede y permite nuestro amor por Dios. Confiar en la promesa de Dios fundamenta nuestro gozo en su bondad.

Existe otra forma de concebir el amor por Dios: no sólo deleitarse en quien es él y sus promesas sino que también querer complacerlo. ¿Hay lugar para esta clase de amor en la vida del creyente? Por cierto que sí (Juan 8:29; Romanos 8:8; 1 Corintios 7:32; 2 Corintios 5:9; Gálatas 1:10; 1 Tesalonicenses 4:1). Pero una vez más debemos tener cuidado de no deshonrar a Dios presumiendo de ser sus benefactores. Hebreos 11:6 nos muestra la forma “Pero sin fe es imposible agradar a Dios; porque es necesario que el que se acerca a Dios crea que El existe, y que es remunerador de los que le buscan”. Aquí, la fe que agrada a Dios tiene dos creencias: que Dios existe y que encontrarlo es obtener una gran recompensa.

Por lo tanto, para amar a Dios en el sentido de complacerlo, nunca debemos acercarnos a él porque queremos compensarlo sino sólo porque él nos recompensa. En breve, nos convertimos en la fuente de placer de Dios en la medida que él es la fuente de nuestro placer. Sólo podemos hacerle un favor aceptando felizmente todos sus favores. Expresamos mejor nuestro amor por él cuando vivimos sin presunción como benefactores de Dios, sino humildemente y felizmente como beneficiarios de su misericordia. La persona que vive de esta forma mantendrá inevitablemente los mandamientos de Jesús (Juan 14:15) y de Dios (1 Juan 5:3).

EL AMOR DEL HOMBRE POR EL HOMBRE

El segundo mandamiento de Jesús fue “Amaras a tu prójimo como a tí mismo” (Mateo 22:39; Marcos 12:31; Lucas 10:27). Ya hemos discutido el significado de esto en Levítico 19:18. Las mejores interpretaciones en palabras del mismo Jesús son la Regla de Oro (“Y así como queréis que los hombres os hagan, haced con ellos de la misma manera” Lucas 6:31). Y la parábola del buen samaritano (Lucas 10:29-37). Esto significa que debemos buscar el bien de los demás con el mismo deseo de bien que queremos para nosotros. Este es el mandamiento del Antiguo Testamento que más se menciona en el Nuevo Testamento (Mateo 19:19; Romanos 13:9; Gálatas 5:28; Santiago 2:8).

Después de este mandamiento es probable que el verso más famoso sobre el amor en el Nuevo Testamento se encuentre en 1 Corintios 13. Aquí Pablo muestra que puede existir religión y humanitarismo sin amor. “Y si diera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y si entregara mi cuerpo para ser quemado, pero no tengo amor, de nada me aprovecha” (1 Corintios 13:3). Esto plantea la pregunta de qué es este amor si uno puede sacrificar su vida y aún no tenerlo.

La respuesta del Nuevo Testamento es que la clase de amor sobre el cual Pablo habla debe surgir de la motivación que considera el amor de Dios en Cristo. El amor genuino nace de la fe en las promesas de amor de Dios. Pablo dice que “todo lo que no proviene de fe es pecado” (Romanos 14:23). En forma más positiva dice “la fe que obra por el amor” (Gálatas 5:6). O como Juan dice “Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros … .Nosotros amamos, porque Él nos amó primero” (1 Juan 4:16, 19). Por lo tanto, el amor Cristiano existe sólo donde se conoce y confía en él amor de Dios en Cristo. Este enlace profundo entre fe y amor probablemente es la explicación de por qué Pablo los menciona juntos tan a menudo (Efesios 1:15; 6:23; Colosenses 1:4; 1 Tesalonicenses 3:6; 5:8; 2 Tesalonicenses 1:3; 1 Timoteo 6:11; 2 Timoteo 1:3; 2:2; Tito 2:2; 3:15; Cf. Revelaciones 2:19).

Pero ¿por qué la fe siempre “obra por el amor”? Una de las características distintivas del amor es que “no busca lo suyo” (1 Corintios 13:5). No manipula para ganar la aprobación de nadie o para obtener una recompensa material. Sino que busca compensar a otros y fortalecerlos (1 Corintios 8:1; Romanos 14:15; Efesios 4:16; Romanos 13:10). El amor no usa a otros con fines propios sino que goza de ser el medio para el bien ajeno. Si este es el sello distintivo del amor, ¿cómo es posible que hombres pecadores, egoístas por naturaleza, (Efesios 2:3) puedan amarse unos a otros?

La respuesta que brinda el Nuevo Testamento es que debemos volver a nacer: “El que ama es nacido de Dios y conoce a Dios” (1 Juan 4:7). Haber nacido de Dios significa convertirse en su hijo, con su carácter y pasar de la muerte a la vida: “Sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos” (1 Juan 3:14). Dios mismo permanece en sus hijos por medio del Espíritu (1 Juan 3:9; 4:12, 13) por lo que cuando ellos lo aman es porque su amor se perfecciona en ellos (1 Juan 3:7, 12, 16).

Pablo enseña lo mismo cuando dice que el amor es un “fruto del Espíritu” (Gálatas 5:22; Colosenses 1:8; 2 Timoteo 1:7), que es “de Dios“ (Efesios 6:23) y “Dios lo enseña”, no los hombres (1 Tesalonicenses 4:9). El hecho de que es Dios quien nos brinda la capacidad de amar se ve en las oraciones de Pablo: “Que el Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos” (1 Tesalonicenses 3:12; Filipenses 1:9).

Ahora estamos en posición de poder contestar a nuestra pregunta anterior: ¿“Por qué la fe siempre obra a través del amor?”. La Fe es el camino por el que recibimos al Espíritu Santo, cuyo fruto es amor. Pablo pregunta “¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?” (Gálatas 3:2). La respuesta es clara: por escuchar con fe. Esto significa que la característica esencial de la persona que ha vuelto a nacer y que posee el Espíritu de Dios es la fe (Juan 1:12,13). Por lo tanto, mientras que el amor es un fruto del Espíritu, también es fruto de la fe, ya que el Espíritu obra por la fe (Gálatas 3:5).

Para entender bien la dinámica de este proceso, se debe mencionar otro factor: la esperanza. La fe y la esperanza no se pueden separar. La fe genuina en Cristo implica una confianza firme en que nuestro futuro es seguro (Hebreos 11:1; Romanos 15:13). Esta unidad esencial de fe y esperanza nos ayuda a entender por qué la fe “obra siempre a través del amor”. La persona que tiene certeza de que Dios obra todas las cosas para su bien (Romanos 8:28) se puede relajar y confiar su vida a un Creador fiel (1 Pedro 4:19). Es libre de ansiedad y de miedo (1 Pedro 5:7; Filipenses 4:6). No se irrita fácilmente (1 Corintios 13:5). Más bien es libre de auto justificación, auto protección y es una persona que “busca el interés de los demás” (Filipenses 2:4). Al tener satisfacción en la presencia y promesa de Dios no tiende egoístamente a buscar su propio placer sino que se deleita en “agradar a su prójimo en lo que es bueno, para edificación” (Romanos 15:1, 2).

En otras palabras, si nuestra esperanza esta sujeta a las promesas de Dios nos liberamos de nuestras actitudes que nos impiden darnos a los demás. En consecuencia, Pablo dice que si no existiera la esperanza de Resurrección “Comamos y bebamos porque mañana moriremos” (1 Corintios 15:32). Si Dios no ha satisfecho nuestro deseo profundo por la vida entonces bien podemos tratar de obtener tanto placer terrenal como sea posible, bien sea amando a los demás o no. Pero Dios nos ha dado una esperanza que satisface y que es constante como base para una vida de amor. Por eso en Colosenses 1:4, 5, la esperanza es la base del amor: “Damos gracias a Dios… al oír … del amor que tenéis por todos los santos, a causa de la esperanza reservada para vosotros en los cielos”.

Por eso, concluimos que la fe, cuando se entiende como una satisfacción profunda en las promesas de Dios siempre obra a través del amor. Por lo tanto, la forma de convertirse en una persona que ama es estableciendo nuestra esperanza con más totalidad en Dios y deleitándonos más en la certeza de que cualquier cosa que se encuentre en el camino de la obediencia es para nuestro bien.

El amor que nace de la fe y del Espíritu se manifiesta especialmente en el hogar Cristiano y en la comunidad de creyentes. Transforma las relaciones entre esposos y esposas de acuerdo al diseño de amor de Cristo (Efesios 5:25, 28, 33; Colosenses 3:19; Tito 2:4). Es la fibra de la comunidad Cristiana que “une todo en perfecta armonía” (Colosenses 3:14; 2:2; Filipenses 2:2; 1 Pedro 3:8). Permite que los miembros “se soporten los unos a los otros” en mansedumbre y humildad cuando son ofendidos (Efesios 4:2; 1 Corintios 13:7). Pero más importante es la fuerza tras los mandamientos positivos de edificación espiritual (Romanos 14:15; 1 Corintios 8:1; Efesios 4:16) y el suplir las necesidades materiales (Lucas 10:27-37; Romanos 12:13; Gálatas 5:13; 1 Tesalonicenses 1:3; 1 Timoteo 3:2; Tito 1:8; Hebreos 13:1-3; Santiago 1:27; 2:16; 1 Pedro 4:9; 1 Juan 3:17, 18).

El amor no debe –no puede- limitarse a los amigos. Jesús dijo “Habéis oído que se dijo, ‘Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo’. Pero yo os digo: “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen” (Mateo 5:43-44; Lucas 6:27). Esta misma preocupación llegó a la primeras iglesia en versos como Romanos 12:14, 19-21; 1 Corintios 4:12; Gálatas 6:10; 1 Tesalonicenses 3:12; 5:15; 1 Pedro 3:9. El gran deseo del Cristiano de hacer bien a su enemigo y de orar por él es que el enemigo puede dejar de ser enemigo y dar gloria a Dios (1 Pedro 2:12; 3:14-16; Tito 2:8, 10).

Frente al amigo o enemigo, amor es la actitud que gobierna al Cristiano en “todas las cosas” (1 Corintios 16:14). Es el “camino más excelente” de vida (1 Corintios 16:14). Y ya que no perjudica a nadie sino que busca el bien para todos, cumple con la ley de Dios (Romanos 13:19; Mateo 7:12, 22:40; Gálatas 5:14; Santiago 2:8; comparar Romanos 8:4 y Gálatas 5:22). Pero no es automático y puede enfriarse (Mateo 22:12; Revelaciones 2:4). Por lo tanto, los Cristianos deben tenerlo como objetivo (1 Timoteo 1:15) para “estimularnos unos a otros al amor y a las buenas obras” (Hebreos 10:24). Debemos orar a Dios para que nuestro amor abunde más y más (Filipenses 1:9; 1 Tesalonicenses 3:12, 13).

Debemos concentrarnos en los ejemplos de amor en Cristo (Juan 13:34; 15:12, 17; Efesios 5:2; 1 Juan 3:23; 2 Juan 5) y en sus santos (1 Corintios 4:12, 15-17; 1 Timoteo 4:12; 2 Timoteo 1:13; 3:10). De esta forma nuestro llamado y elección serán seguros (2 Pedro 1:7, 10) y seremos testigos convincentes en el mundo de la verdad de la fe Cristiana (Juan 13:34, 35; 1 Pedro 2:12).

EL AMOR DEL HOMBRE POR LAS COSAS

Por un lado, el Nuevo Testamento enseña que las cosas que Dios ha creado son buenas y debemos gozar de ellas con acción de gracias (1 Timoteo 4:3; 6:17). Pero por otro lado, nos advierte en contra del amor por ellas de una forma tal que nuestros afectos se vean alejados de Dios.

El gran peligro es que el amor por el dinero (Mateo 6:24; Lucas 16:14; 1 Timoteo 6:10; 2 Timoteo 3:2; 2 Pedro 2:15) y los placeres terrenales (2 Timoteo 3:4) y los elogios humanos (Mateo 6:5; 23:6; Lucas 11:43; 3 Juan 9) nos robarán el corazón de Dios y nos harán insensibles a sus propósitos más grandes para nosotros. Juan dice “Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no esta en el” (1 Juan 2:15-17). Y Santiago hace eco a esto “¿No sabéis que la amistad del mundo es enemistad hacia Dios?” (Santiago 4:4; Cf. 2 Timoteo 4:10). El “mundo” no es una clase especifica de objetos o de gente. Es cualquier cosa que reclama nuestros afectos de amor que no son para la gloria de Jesús. San Agustín ofreció una plegaria que posee el espíritu sobre este tema del Nuevo Testamento “… y menos, Señor, os ama el que juntamente con Vos ama alguna otra cosa, que no la ama por Vos.”

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