Padre Scalese: El día a día de la Misión católica en Afganistán: «Vivimos en un estado permanente de sitio»

El Padre Giovanni Scalese, sacerdote barnabita (Clérigos Regulares de San Pablo), vive actualmente en Kabul, donde es el superior de la Misión católica sui iuris de Afganistán. Recientemente conversó con Eduardo Andino, director de desarrollo del Institute on Religion and Public Life (empresa editora de la revista First Things), sobre las circunstancias de su peculiar apostolado:


El Padre Scalese, romano de 62 años, sacerdote desde 1981, es teólogo por la Gregoriana y filósofo por la Universidad de Bolonia.

-¿A quién sirve principalmente la Misión? ¿Quiénes son los residentes extranjeros católicos en el país y por qué están en Afganistán?
-La Misión católica se estableció exclusivamente para servir a los extranjeros católicos que residen de manera temporal en Afganistán. Actualmente son, en general, empleados de organizaciones internacionales presentes en el país por razones políticas, económicas y humanitarias. Los militares normalmente tienen a sus propios capellanes (aunque las tropas italianas desplazadas en Kabul me han pedido que celebre misa en italiano para ellas cada semana).


El Padre Scalese, con militares destinados en Afganistán. Imagen: Caballeros de Colón.

-¿Cuál es el estado de las relaciones entre la Iglesia católica y el gobierno afgano? ¿Y de la Misión y la población local?
-Sencillamente, no hay relaciones. Aunque mi presencia es aceptada (oficialmente, soy un agregado de la Embajada italiana), no hay relaciones diplomáticas entre la República Islámica de Afganistán y la Santa Sede. Por desgracia, tampoco hay oportunidades de encuentro con la población local por el momento. Estamos en un país en guerra: no es prudente salir. Vivimos en un estado permanente de sitio, sobre todo tras los últimos ataques terroristas. Mis predecesores podían salir e ir al centro de la ciudad, la gente los conocía, les llamaban mullah. Ahora esto es imposible.

-Descríbanos como cambió la vida de la Misión con la presencia militar estadounidense tras el 11 de septiembre de 2001.
-Bien, el primer cambio fue el establecimiento de una Misión sui iuris. De 1933 a 1994, la Misión había consistido, prácticamente, en una simple parroquia. A partir de 2002 se convirtió en una jurisdicción (parecido a una diócesis) que cubre todo el territorio del país. En los años inmediatamente posteriores a 2002, Kabul, al contrario de lo que sucedía en el resto de Afganistán, era una ciudad bastante pacífica: había muchos trabajadores extranjeros, sobre todo filipinos, y era bastante fácil acceder a la embajada, por lo que la capilla solía estar llena de gente. Pero a partir de 2014 la situación se deterioró progresivamente: ataques casi a diario; medidas de seguridad cada vez más duras; muchos extranjeros abandonaron el país. Esto hizo que disminuyera el número de personas que iba a misa el domingo.

-¿Qué labor llevan a cabo las órdenes religiosas católicas locales? ¿Quiénes son y de dínde vienen?
-Las primeras religiosas, las Hermanitas de Jesús, llegaron a Afganistán en 1955. Hasta comienzos del siglo XXI fueron, con el capellán barnabita, la única presencia religiosa en el país. Permanecieron incluso durante el periodo talibán. Trabajaban como enfermeras en los hospitales y vivían entre la gente, «afganas entre afganos». Por desgracia, se fueron en febrero de este año. En 2004 se fundó una comunidad intercongregacional PBK [Pro Bambini di Kabul] que gestiona una pequeña escuela para niños minusválidos. Las religiosas, que pertenecen a distintas congregaciones, cambian periódicamente. Actualmente, hay una religiosa dominica de Pakistán, una religiosa guaneliana de la India y una religiosa de la consolata de Mozambique. En 2005 algunos jesuitas indios llegaron con su Servicio Jesuita a los Refugiados. Están comprometidos en el campo de la educación. Al principio eran cuatro; ahora, sobre todo después de que uno fuera secuestrado, sólo quedan dos. En 2006 llegaron las Misioneras de la Caridad (las religiosas de la Madre Teresa). Tienen un orfanato para niños minusválidos y ayudan a más de 300 familias pobres. Ahora tenemos cuatro religiosas (de la India, Filipinas, Ruanda y Madagascar). Hay también dos hermanos alemanes luteranos, pertenecientes a la Christusträger Bruderschaft, con los que vivimos en plena comunión.

-¿Cómo son los afganos locales? ¿Qué dicen y qué piensan?
-Por las razones mencionadas antes, no conozco a la gente local. Prácticamente, los únicos afganos que conozco son los que trabajan conmigo. Puedo decir que los afganos se sienten orgullosos de ser afganos; están orgullosos de su historia y su legado, también del pre-islámico. Dicen: existíamos antes de ser musulmanes. Aún siguen algunas tradiciones pre-islámicas, como el Nowruz, el nuevo año iraní, prohibido por los talibanes como una fiesta pagana.

-¿Cuáles son algunos aspectos de la cultura local? ¿Habla usted pastún o persa dari?
-Aunque son musulmanes, los afganos no son árabes, sino indoeuropeos. Su cultura es un cruce entre la cultura persa y la india. Incluso sus idiomas, aunque están escritos en grafía árabe, son idiomas indoeuropeos (y, más concretamente, indo-iraníes). No hablo ni persa dari ni pastún; no necesito conocer estos idiomas al no poder tener contacto con la gente local. Desde luego, es un modo de demostrar que se excluye cualquier forma de proselitismo. Para la liturgia normalmente utilizamos el inglés, el único idioma que conocen todos los miembros de la comunidad internacional.

-¿Cómo es su día típico? ¿Cuáles son sus deberes? ¿Qué es lo más inusual que usted tiene que hacer padre?
-La razón de mi estancia aquí es el servicio pastoral a la comunidad católica de Afganistán. Considerando todas las limitaciones mencionadas antes, este servicio está limitado a la celebración de la misa diaria por la tarde. Los días laborables sólo participan en la misa las religiosas; el domingo, toda la comunidad (algunos lo hacen el sábado, o incluso el viernes). Como soy el ordinario local (no dependo de ningún obispo, sólo del Papa), mi obligación es administrar también los otros sacramentos; pero en nuestra situación, aparte de las confesiones, no hay oportunidad de celebrar bautismos, bodas, etc. Desde que estoy aquí sólo ha habido una Confirmación. También atiendo las cuestiones administrativas (certificados; relaciones con la nunciatura, la Santa Sede y las organizaciones caritativas internacionales; etc.). No tengo colaboradores, por lo que tengo que hacerlo todo, incluso las cosas más sencillas, como preparar el altar para la misa. Suelo decir, ¡obispo y sacristán!

-¿Lo más inusual que he tenido que hacer?
-Tal vez limpiar la nieve que bloqueaba la entrada de la iglesia el último invierno. Era la primera vez que lo hacía. Nací en Roma, donde es raro que nieve.

-¿Qué hace en su tiempo libre?
-Agradezcamos a Dios la tecnología moderna. Con el ordenador e internet me mantengo informado sobre lo que sucede en el mundo, en Italia y, sobre todo, en la Iglesia. Me mantengo en contacto con mis hermanos religiosos, mis familiares y amigos. También tengo un blog. Pero, sobre todo, puedo dedicarme al estudio de mi orden religiosa, los Barnabitas. Desde mi llegada he publicado la traducción al italiano de nuestra antigua constitución: ahora estoy traduciendo el Regulae officiorum, es decir, el reglamento de las distintas tareas.

-Cuénteme una historia sobre su estancia en Afganistán, algo que sea típico de su vida allí.
-Le contaré lo que me pasó el mes de julio pasado, en el aeropuerto de Kabul, cuando estaba volviendo de Italia tras un breve periodo de descanso. Como este año es el centenario de las apariciones de Fátima y el 13 de octubre queríamos consagrar la Misión al Corazón Inmaculado de María, compré en Roma una imagen de Nuestra Señora de Fátima de casi un metro de altura. Como no entraba en las maletas, la envolví bien y la puse en mi mochila. Era un gran honor para mí llevar a la espalda a Nuestra Señora desde Roma a Afganistán. Ningún problema en el aeropuerto de Fiumicino de Roma. Tampoco en el de Estambul, donde tomé el vuelo de conexión. Cuando llegué a Kabul, después de pasar mi mochila por el escáner, la policía del aeropuerto me pidió que la abriera. Les expliqué que había sólo una estatua. Mi problema no era enseñarles a la Virgen María, sino desenvolver la estatua y no ser capaz de volver a envolverla. Pero fueron inflexibles: «¡Ábrala!». Jugué mi última baza: «¡Soy diplomático!». «Lo sentimos, no lo sabíamos. Puede pasar». Así fue como Nuestra Señora de Fátima entro en Afganistán...

-¿Cuál es la misión de la Misión hoy? En un contexto en que el islam castiga con la muerte la conversión a otras religiones, ¿cómo se ve el trabajo de una Misión?
-El propósito principal de la Misión es la asistencia pastoral de los católicos presentes en Afganistán. De manera más general, como sucede con cualquier persona o institución cristiana, la Misión debe estar siempre preparada para satisfacer a cualquiera que nos pida la razón de nuestra esperanza (1 Pe 3, 15). Incluso si la Misión, como tal, no puede evangelizar en la sociedad afgana, los miembros de la comunidad católica deben testimoniar, discretamente, su fe. El servicio pastoral de la Misión les ayuda a llevar adelante esta tarea

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