José Ignacio Calleja: “No es fácil para la Iglesia ‘mediar’ en Catalunya, pero, en todo lo que pueda, debe”

Política con religión provoca todavía un mar de dudas sobre de qué se habla en cada situación. Cuando la convivencia social discurre por caminos de concordia, las sociedades modernas resuelven con soltura la legítima autonomía de cada uno de estos ámbitos.

Cuando estalla, sin embargo, el conflicto político, más pronto que tarde aparece la religión como razón añadida al derecho de cada parte y, a la vez, como Iglesias donde buscar una mediación que facilite el encuentro de los adversarios-enemigos para evitar la barbarie. Los casos son innumerables y el último, más insinuado que articulado, entre los gobiernos de España y Cataluña, ahora mismo.

Es verdad que la gente en nuestros lares cree tener bien resuelta esta relación (fe-política) con aquello tan evangélico de "dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios". Se supone que significa que la política para los políticos y la religión a lo suyo: las cosas del templo, el alma y la fe.

Se puede decir de muchos modos y algunos muy complejos y completos, pero todos ellos pensados en la lógica de la separación de religión y política. Una idea ésta muy acertada de la cultura occidental, que no ha hecho superar al fin guerra tras guerra por esta causa, pero que se le atribuye a Jesús con pasmosa ingenuidad. Y es que Jesús, pacífico casi siempre donde los haya, más bien pensaba en "no tratéis al Cesar (el Estado) como a un dios, porque el César no es divino; sólo Dios es divino".

Esa separación tan moderna de política y religión, clave de nuestro progreso moral, no estaba en el ambiente de Jesús, ni la pensó el Señor en sus palabras, pero nosotros, en su estela y espíritu de paz, sí la hemos pensado y aceptado. Hasta que llega un conflicto casi bélico y volvemos la cabeza a una Iglesia por si pudiera sacar del arca el paño que suma prestigio moral y buenos contactos sociales.

Protestan y con razón los políticos profesionales que piden para la política un potencial de ética y estrategias de negociación que nadie desde fuera puede sustituir, pero los hechos son los hechos, y si la barbarie multiplica su influencia, ¿a quién recurriremos?

Sin duda, a mediadores o facilitadores que conserven alguna capacidad ante los prejuicios e intereses mezclados de rencor entre contrarios. Porque el derecho, el vigente y el reclamado, pervierten la política cuando los sujetos que los defienden los viven como instrumentos de guerra.

Todo esto se complica mucho más si esa religión o Iglesia, entrevista como mediadora o facilitadora del encuentro entre adversarios o enemigos,reproduce en su seno la división política para la que se le reclama "ayuda".

Según el grado de esta reproducción, podrá o no aportar algo. La gente se sorprende de esta división política al interior de la Iglesia católica, por ejemplo, pero lo contrario sería un milagro. Si la división refleja tal cual lo que la sociedad vive y con la misma intensidad, es un desastre para la ética de la fe. Si la división es más suave y viene atemperada por valores evangélicos como la paz, el diálogo, el respeto, la sinceridad... y la empatía y hasta la fraternidad, simplemente es que somos humanos.

Por eso es importante dar con el fondo de esa división. Cuando la división es muy intensa suele obedecer a que las opciones partidistas priman por encima de la fe, lo cual es un desastre sin paliativos. Los católicos, en este caso, eligen primero el partido y luego ponen la fe al servicio de su opción. Manipulan o instrumentalizan la fe a su favor. Suele ocurrir con mayor o mejor consciencia; casi siempre con buena conciencia.

Pero también ha de saberse que la división viene por algo tan básico y primero como es la idea nacional. Ésta es más difícil de cuestionar pues para muchos es un dato de la realidad, sin más. (Me parece un exceso).

En Cataluña se ha visto de forma rotunda y clara. Un historiador muy destacado (Hilari Raguer) defiende que antes de la política está la prepolítica, es decir, el derecho a que nadie se inmiscuya en la vida de otra nación; a partir de aquí empieza la política; sobre la prepolítica no hay discusión democrática.

En la misma lógica actúa un obispo conservador (Xabier Novell), que vota en el referéndum porque, en ese caso, se trata del derecho primigenio de un sujeto nacional, o sea, de un derecho moral inaplazable. Un teólogo importante (Salvador Pié-Ninot) piensa que votar en el referéndum ya era una opción partidista, porque la opción política y nacional es política, y no prepolítica o sólo ética. Supone, por tanto, que pertenece a la conciencia política personal decir dónde hay una nación y cuál es ésta.

Cada uno de ellos, y muchos otros, apelan a la doctrina social de la iglesia, al derecho internacional y a la historia para justificar su opción. Cada uno de ellos da buenos motivos, pero la decisión tiene un componente opcional que la hace preferible. Por tanto, hay que discernirlo. ¿Cómo? En sociedades tan diversas como las nuestras, siempre hay un componente abusivo al definir nuestra nación para todos, si el concepto no hace justicia, hoy y aquí, a "los otros que son nuestros pero distintos a mí".

Si son menos, o llegaron más tarde, o se movilizan sin líderes, o son más pobres, o no tienen mi lengua, han perdido. Me gusta que la política piense en esto. Es muy pacificador y justo con todos. Me gusta pensar en las obligaciones de fraternidad con los que no son como yo, ni de los míos, antes de amar a fondo mi nación. No es fácil para la Iglesia "mediar" en Catalunya, pero en todo lo que pueda, debe.

*José Ignacio Calleja es profesor de Moral Social Cristiana en la Facultad de Teologíade Vitoria-Gasteiz.

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