| Los favores milagrosos de la Virgen del Carmen. Aldana con la Virgen del Carmen que llevaba en su buseta el día del atentado.

La pequeña estampa de la Virgen del Carmen fue lo único que resultó indemne de aquel desmoronado revoltijo de latas, vidrios, hierro y trizas de billetes en que quedó convertida la buseta 3574 que, durante varios años, manejó Humberto Aldana Camacho.

Mientras él se recuperaba en la Clínica del Country de Bogotá, la imagen le fue llevada como símbolo del milagro, como la única explicación para que hubiera sobrevivido al atentado con explosivos en el que resultó víctima ese 15 de mayo.

Dos meses después, con la fe fortalecida y la mirada inocente de un niño que empieza descubrir el mundo, Aldana solo entiende que seres celestiales lo rescataron vivo de aquella vorágine que sobrevino al estruendo.

Para el gentil conductor, un hombre menudo de sesenta años, hay un antes y un después de la tragedia; lo demás, el zambombazo y los días que permaneció en estado crítico, son un enigma que trata de entender mediante el relato de quienes lo han acompañado en el trance.

En el cobijo y los cuidados que le profesan su esposa Isabel y sus dos hijas menores, Humberto Aldana, poco a poco, se va recomponiendo. Se le nota un buen semblante, aunque por dentro su cuerpo está fraccionado. El hueso maxilar lo tiene partido en tres, los tímpanos perforados y su brazo derecho es un remiendo de colgajos, sin hueso y sin músculo, que los médicos lograron salvarle.

Aldana se lleva la mano izquierda al rostro, a la cabeza y al lóbulo de la oreja. Tantea las esquirlas de vidrios que mantiene incrustadas en la piel y que se sienten como espinillas de adolescente. Revela que al tacto ha logrado sacarse algunas y que hace unos días su mujer le extirpó astillas del aviso que indicaba la ruta la mañana del siniestro.

Mientras habla, este pagano del infortunio y patrón de la fortaleza, observa su brazo vendado y lo sostiene, como amparándolo. Lo habría perdido, de no ser por la buena salud que siempre ha tenido y la sabiduría de los cirujanos que, en su sola extremidad, lo han intervenido ya tres veces. “Es que usted es un roble”, le repiten los galenos que en un momento contemplaron amputarlo, ante la inminencia de severas infecciones.

Don Humberto permanece sentado en el sofá de la sala junto a una biblia abierta y la efigie de la Virgen de Santa Marta, patrona de las cosas imposibles. En la mesa del comedor, Claudia Milena, la menor de las niñas, se acoda para terminar sus tareas escolares, al tiempo que su mamá en la cocina termina de preparar el desayuno. De la tenue y aromosa humareda de chocolate y caldo, sale Isabel Camacho con la pequeña réplica de la otra patrona, la del Carmen. Se la pasa a su esposo y se apresta a recordar el aciago 15 de mayo y los días consecuentes.

Isabel no sabe qué le ha dolido más de todo este barullo: si las graves heridas que sufrió su esposo, o las primeras informaciones fraccionadas, o el olvido en el que empieza a quedar la situación de su familia, o la angustia de Claudia cuando fue la primera en enterarse a través de un telediario. “Mi papá está muerto, a mi papá lo llaman terrorista”, gritaba la niña cuando, presa del desespero, llamó a su mamá al trabajo para avisarle lo que había visto y escuchado en televisión.

En efecto, las primeras cifras sobre el atentado dirigido contra el exministro Fernando Londoño, a la postre ileso, referían cinco y seis muertos, entre ellos Humberto Aldana. Un reportero que cubría la noticia, en directo, se atrevió a ir más allá, apresurándose a señalar al conductor de la buseta como el presunto responsable del atentado terrorista.

La chiquilla interrumpe sus deberes y confirma lo que su mamá relata. Indica hacia el piso y recrea cómo ese día se revolcaba, lamentándose de que “a su papito le pasara algo tan terrible”.

Replica Isabel: “además de que mi esposo terminó pagando los platos rotos, si uno sufre del corazón se puede morir de un infarto con semejante noticia que los periodistas no confirman antes de difundir”. Sin embargo, y a pesar de que en el lugar de los hechos algunas fuentes de Policía insistían en que Aldana había fallecido, Isabel se mantenía incrédula. Si era cierto, pensó, ¿dónde estaban los funcionarios de la Fiscalía para hacer el levantamiento?

Y es que aún en la Clínica del Country, cuando Isabel permanecía pendiente del reporte médico, un tío suyo recibió una llamada de las autoridades en la que le insistían que “el paciente del centro hospitalario no era Aldana y que lo único que se había encontrado del conductor de la buseta era una pierna”. Esa versión, que recibieron sin la menor deferencia, obligó a la familia de Aldana a exigir una descripción física del hombre tendido en cuidados intensivos y al que no era posible ver.

Varios días más tarde, Humberto Aldana Camacho despertó acorralado por la angustia y la confusión. Quería desconectarse de todos los aparatos hospitalarios, desconocía dónde estaba, decía que tenía que madrugar para coger turno de las cinco de la mañana en el paradero del barrio Bachué. Sumido en la penumbra de la memoria, Aldana iniciaba un proceso psicológico para entender lo ocurrido.

Fue dado de alta el 5 de junio. Estaba enjuto y anémico, había perdido bastante sangre y varios kilos. Era un prodigio el hecho de que viviera, aunque la recuperación iba a ser un largo proceso. Lleva siete cirugías y no se sabe cuántas más faltan. Tienen que reconstruirle el maxilar, la dentadura, hay que extraerle las esquirlas y operarle los oídos y varias veces el brazo derecho, pues a pesar de que se salvó, en este momento es un órgano exánime.

Se ha venido mermando la barahúnda por lo que fue el atentado al ex Ministro, el fallecimiento de sus dos escoltas, la desaparición de un Rolex y la salvación de Aldana. Para él y su familia el calvario apenas comienza.

Faltan muchas citas médicas, muchos exámenes, muchas terapias. Isabel tuvo que renunciar a su empleo para entregarse por completo al cuidado de Humberto. Los ahorros por las donaciones que han recibido se están acabando, pero las obligaciones de arriendo, de alimentación, de servicios y de estudio de los hijos, siguen siendo las mismas que cuando Humberto ganaba por manejar la buseta.

Menos mal a Humberto ya le salió la pensión, acaba de recibir su primera mesada. Pero un salario mínimo no alcanza para mayor cosa, más cuando tiene que movilizarse todo el tiempo en taxi, pues le son insoportables el ruido y el azare de los buses.

Por la perforación de sus tímpanos, no se aguanta ni la caída de una pluma. Se ha vuelto algo paranoico y siente temor de salir solo a la calle, muy pocos sobreviven para contar una historia como la suya. La clínica, es un mamotreto que va en más de ciento veinte páginas, la de los dolorosos rescoldos en el alma, atropella diariamente.

Humberto Aldana espera que ni el Estado ni la sociedad lo olviden, y que con el mismo delirio que rechazaron el atentado, se solidaricen con la realidad de personas humildes como él, que terminan asumiendo los costos de una guerra absurda.