El profeta de María: tres motivos que mantienen viva su misión

Sus misiones cristianizaron Francia, sobre todo la región de la Vendée, preparándola con más de medio siglo de anticipación para su rebelión y martirio ante la anticristiana Revolución. Su libro más célebre, oculto durante un siglo, extendió por todo el mundo una consagración especial a la Virgen. Es San Luis María Grignon de Monfort, un gran santo al que dedicó un profundo artículo recientemente Juan Diego Caicedo González en Cari Filii News:

Se trata de San Luis María Grignon de Monfort (1673-1716), un santo cuya actualidad para la Iglesia estaría centrada en tres aspectos: la verdadera devoción mariana, invencible contra las persecuciones; la misión ininterrumpida, como fortaleza de los creyentes; y la misión como canto de alabanza y súplica.

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Imagen de San Luis María Grignon de Monfort en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, obra de Giacomo Parisini (1948).

1. La verdadera devoción mariana, invencible contra las persecuciones
Como todo verdadero apóstol de Cristo, Monfort fue víctima de una implacable y feroz persecución por parte de los jansenistas y ciertas autoridades eclesiásticas –se le llegó a prohibir la predicación y de hecho el ejercicio del ministerio sacerdotal-, a la que respondió con total entereza de fe, centrada en la propagación del culto al que llamaba esclavitud mariana como el camino ideal para alcanzar la salvación: llegar a Jesús en, con, por y para María; a Jesús por medio de María.

 

2. La misión ininterrumpida es la fortaleza de los creyentes
La principal actividad de Monfort como sacerdote fueron las misiones. No viajó a otros países, no salió de Francia para conducirlas. Le bastaba con saber que en su propio país era necesario misionar, llevar la Palabra y los sacramentos a quienes los desconocían, no los ponían por obra o los habían abandonado. Todo creyente-practicante sabe que la esencia de la Iglesia es misionera, pero no sobraría reiterar que si la Iglesia ha crecido en los últimos tiempos en países de Asia y África (también en la Suecia laicista y en la Rusia poscomunista) se debe fundamentalmente a las misiones. Y, por supuesto, verdad de a puño es que el cristianismo siempre, desde los tiempos de PedroPablo y los demás apóstoles, se ha iniciado en los más diversos países gracias a las misiones. Monfort daba a entender que Cristo mismo, en sus recorridos por Galilea, Samaria, Sidón, Tiro y Judea, era el misionero por excelencia. En todas partes dejaba el grano de trigo muerto que florecía, a todas esas comarcas llevaba la llama de la fe y la verdad.


El Calvario de Pontchâteau, una iniciativa apostólica de San Luis María.

3. La misión es canto de alabanza y súplica
Una característica inconfundible de las misiones encabezadas por San Luis María Grignon de Monfort, como de las de San Francisco Javier en Oriente y San Felipe Neri nada menos que en la misma Roma, era el canto constante de himnos entonados por él y los fieles, en cuya composición él mismo participaba. Dotado literaria y musicalmente, el santo profeta de María, ante cuyo verbo resulta prácticamente imposible no rendirse, por la fogosidad y convicción del mismo, llevó a cabo una actividad misionera de una eficacia tan singular como la que pudo comprobar la Guardia Nacional enviada por los revolucionarios del terror para reprimir el levantamiento de La Vendée –la valentía de estas gentes, nietos y biznietos de quienes habían escuchado las predicaciones de Monfort, gentes que se alzaron para defender la fe y la independencia de pensamiento de sus sacerdotes, es recordada hasta ahora en Francia como una de las máximos pruebas de coraje y nobleza militar, de lo cual queda constancia, por ejemplo, en varias novelas de Balzac-. A esa eficacia no eran en absoluto ajenas las melodías y armonías.

El propio santo suministraba a sus oyentes la materia prima musical que debía fertilizar sus almas y corazones en una renovación espiritual como la testificada por San Agustín en sus Confesiones: “¡Cuanto lloré con tus himnos y cánticos, conmovido intensamente por las voces de tu Iglesia que resonaban dulcemente! A medida que aquellas voces se infiltraban en mis oídos, la verdad se iba haciendo más clara en mi interior y me sentía inflamado en sentimientos de piedad, y corrían las lágrimas, que me hacían mucho bien”.


Órgano de la catedral de Reims.

 

 

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